—Y si yo te dijera que los hay, ¿qué me responderías tú?

Sin vacilar respondió Nieves:

—Que esos planes tienen la culpa de que yo no me entusiasme con la noticia que me has dado.

—¡Canástoles!—exclamó aquí Bermúdez, saltando otra vez sobre la silla—. ¿así estamos ahora?

—¿Cuándo hemos estado de otro modo, papá?—repuso Nieves que por momentos iba alentándose—: ¿cuándo me has oído cosa en contrario?

—Mujer, tanto como en contrario, no te diré; pero creerte enterada y perfectamente consentida, eso sí.

—Enterada, pase; pero consentida, no, papá: registra bien la memoria.

—¡Canástoles! harto consiente quien se calla y deja hacer... Tanto más, cuanto que llegué a creer que vosotros, por vuestra parte, estabais proyectando lo mismo que nosotros.

—Pues ese ha sido tu error.

—Admitido; pero ¿por qué no me has sacado tú de él?