—¡Imposible!—replicó éste después de observar con gran fijeza a Nieves que parecía algo pesarosa de su arranque—. Y ¿por qué ha de serlo? ¿Qué motivos hay para que lo sea? Hasta ahora todo te parecía simpático en él. La mayor tacha que le ponías era su lenguaje; y no porque te sonara mal, sino por extrañarte el sonido. ¡Bien poca cosa tenías que tacharle! Pues de ayer acá, todo ha cambiado en el pobre chico, como si para mirarle te pusieran un velo negro delante de los ojos. ¿Es verdad esto? ¿sí o no? Respóndeme, hija mía, pero acordándote de que te has alabado hace un momento de ser llana y a la buena de Dios.

—Otra exageración tuya, papá—dijo Nieves eludiendo la respuesta terminante que se la pedía—. No es ese el caso.

—Corriente—añadió Bermúdez tomando nueva postura en la silla—. Pasemos también por eso, y quédense las cosas donde y como tú quieres ponerlas. Pero bueno o malo, blanco o negro, ya está tu primo llegando a las puertas de Peleches: ¿qué hacemos con él? ¿se las cerramos? ¿le dejamos entrar?

—Tampoco se trata de eso, papá: repáralo bien.

—¡Otra te pego! Pues ¿de qué se trata, hija mía?

—Se trata de responder a una pregunta que me hiciste al principio. Querías saber por qué no me alegraba yo con la noticia que me diste, y ya lo sabes. No se trata de otra cosa.

—Perdona, hija del alma—repuso Bermúdez con una sonrisilla muy amarga—. Me has explicado, a tu modo, las repugnancias o disgusto, o lo que sea, que te produce la noticia que te he dado; pero el por qué, la causa generadora de todo ello, te has guardado muy bien de declarármela.

Algo vivo y muy sensible debió herir en los adentros de Nieves esta salida de su padre, porque no halló reparo que ponerle ni serenidad bastante para suplir con un ademán o un gesto la falta de una palabra.

—¡Ay, Nieves!—la dijo Bermúdez entonces moviendo desalentado la cabeza—: tampoco yo soy lo que fui en el modo de mirar ciertas cosas; también tengo, de poco acá, mi correspondiente velo que me cambia los colores. ¡Si supieras qué fantasmas veo algunas veces, y con qué claridad en otras! Por de pronto, veo que no he vivido solamente en el error que me citaste, sino en otros muchos; y voy temiendo que uno de los mayores ha sido el de traerte aquí tan de prisa y con los fines con que te traje.

—Pues si eso ha sido un error tuyo—saltó Nieves emocionada, nerviosa, con la sinceridad de lo que decía bien reflejada en sus ojos—, a tiempo estás de enmendarle. Volvámonos desde mañana, desde hoy, si es posible, a Sevilla. Puede que hasta te lo agradezca yo mucho... Créeme, papá, porque te lo digo de todo corazón...