—Pues allá va en plata de ley—añadió Bermúdez, no muy sereno tampoco—. Entre ese muchacho y tú ha llegado a desenvolverse un... vamos, un afecto, digámoslo así, más... más hondo, más fuerte que el de la amistad...

—¿Qué muchacho?—preguntó Nieves, casi sin voz y temblorosa, con ánimo de alejar un poquito más la respuesta que se la pedía tan en crudo.

—El hijo de don Adrián... Leto, vamos.

—No sé yo—dijo aquí la pobre niña aturrullada y convulsa—, cómo responderte a eso; porque no está bien claro...

—A ver si puedo yo ir ayudándote un poquito—interrumpió Bermúdez con un gesto, como si mascara ceniza—. Tú eres una jovenzuela sin experiencia y sin malicias; y él un mozo que, aunque no largo de genio, al fin ha rodado por las universidades; se ha visto agasajado en Peleches y muy estimado por ti, que no eres costal de trigo; y ¡qué canástoles! hoy una palabrita y seis mañana, habrá ido insinuándose y atreviéndose poco a poco, hasta despertar en ti...

—¡Él?—exclamó Nieves, reviviendo de pronto por la virtud de aquella injusta suposición de su padre.

—Él, sí—insistió éste con verdadera saña—. ¿De qué te asombras?

—De que seas capaz de creer eso que dices,—respondió Nieves más serena ya—. ¡Él, que es la humildad misma! Se le había de presentar hecho y aceptado por nosotros todo cuanto tú supones, y no había de creerlo. Te juro que no me ha dicho jamás una sola palabra de esas, y que ni le creo capaz de decírmela.

—Pues entonces, ¿qué hay aquí?

—Y ¿lo sé yo acaso, papá? Tú mismo le has traído a casa; tú mismo me has ponderado mil veces sus prendas y sus talentos; si yo me ha confiado a él y le he tomado por guía en unas ocasiones, y por maestro y confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplácito ha sido. Tratándole con intimidad y a menudo, como le he tratado delante de ti, casi siempre, he visto que vale mucho más de lo que juzgábamos de él, y que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor esperanza de que se lo agradezcamos. Todo esto sé de él. ¿Tiene algo de particular que yo lo sepa con gusto y que me complazca con el trato de un mozo de tan raros méritos? Pues no hay más, papá, y en eso se estaba cuando me anunciaste la venida del otro.