—¡Y afirmabas que no había planes ni!...
—¡Pero si vas tú dándomelos hechos, papá!...
—Pues arderá Troya, hija... y por los cuatro costados, antes que las cosas vayan por donde no deben de ir.
Mascullando estas palabras se apartó de Nieves sin detenerse a observar el estrago causado en ella por sus nunca vistas destemplanzas.
En parecido temple de nervios le halló poco tiempo después don Claudio Fuertes. Cabalmente llevaba encargo de don Adrián, muy encarecido y casi llorado, de interceder por ellos, de suavizar asperezas, y propósito muy bien hecho de complacer al bendito boticario, por creerlo conveniente y hasta de justicia.
¡En mal hora lo intentó!
—No solamente—le dijo don Alejandro, hecho un erizo—, mantengo la resolución tomada el otro día contra ellos, sino que la adiciono con el propósito firme de que en todos los días de su vida vuelvan a poner los pies en mi casa. Que lo tengan entendido así.
Don Claudio Fuertes no halló modo de calmar la iracundia de su amigo, a quien desconocía en aquel estado, ni siquiera de hacerle soportable ninguna conversación. Sospechando que preferiría estar solo, despidiose de él a poco de haber llegado, y se fue sin poder averiguar qué nueva mosca había picado al buen señor de Bermúdez para ponerle tan rencoroso como estaba contra los dos Pérez de la botica, aunque presumiendo que todo sería obra de alguna «franqueza» de Nieves, por el estilo de las de marras.
Diole mucho que cavilar la racional sospecha; vio las cosas con espíritu sereno y por todas sus caras a la luz de los antecedentes que tenía, y sacó en limpio que, saliera pez o rana en definitiva, era de necesidad, por de pronto, enterar a don Adrián del mal éxito de sus negociaciones, para que Leto, que se hallaría presente, lo tuviera entendido en la correspondiente proporción.
Y se fue derecho a la botica donde, por haber hallado a los dos Pérez solos, les informó, con las debidas atenuaciones de caridad, de lo mal que andaban sus negocios en Peleches.