Y por si esto era poco, mientras Catana iba con el recado, él la siguió de lejos, como si tratara de ponerse en el rastro de su presa para que no se le escapara por ninguna parte. Así llegó al extremo del pasadizo que conducía al estrado. Era indudable que don Alejandro estaba en su gabinete... hasta creyó percibir su voz momentos después; su voz algo destemplada, por cierto. «¡Caray, caray, qué desmayos!»

Volvió a aparecer Catana. Con un gesto bravío le reprendió su atrevimiento de colarse hasta allí, y con otro no más dulce y un ademán adecuado, le mandó que pasara al gabinete que le señaló con el índice cobrizo.

Pasó don Adrián entre vivo y muerto, y se plantó a la puerta con el altísimo sombrero en una mano y el bastón en la otra, inmóvil, derecho, rígido. Desde allí vio a don Alejandro dando vueltas desconcertadas en el fondo del gabinete. En una de aquellas vueltas se encaró con él, se detuvo y le dijo, con una sequedad a que no tenía acostumbrado al excelente farmacéutico de Villavieja:

—Pero ¿qué hace usted ahí?

—Esperando, señor don Alejandro—contestó el pobre hombre con la voz como un hilo—, a que me dé usted su licencia.

—Según mis noticias—replicó Bermúdez sin ablandarse más—, esa licencia la traía usted ya desde su casa.

—Mi señor don Alejandro—dijo aquí don Adrián enjugándose el rostro macilento con su pañuelo de yerbas, y entrando a cortos pasos en el gabinete,—me he permitido afirmar esa... mentirilla, eso es, para que se me franquearan, sí, señor, estas puertas... ¡Mal hecho, caray, mal hecho! Verdaderamente lo conozco, eso es... pero no había otro modo de lograr, eso es, una entrevista, una entrevista con usted, mi señor don Alejandro.

—Y ¿para qué necesita usted, señor don Adrián, una entrevista conmigo?

—¡Para qué, mi señor don Alejandro?—preguntó el farmacéutico relajando todos los músculos de su cara—. ¡Para qué?... Para mi sosiego... para dormir, para comer... para vivir; ¡caray! para vivir, mi señor don Alejandro... Para todo eso.

Bermúdez que, por lo que le decían aquellas palabras y lo que leía en la voz y en el aspecto lastimoso de aquel hombre a quien tanto había estimado y estimaba, calculaba la intensidad del daño que le había hecho con su violenta medida, sintió muy hondos pesares de no haberla meditado más, y maldijo la negra fortuna que le conducía a extremos tan rigurosos.