—No me atrevo a negarlo ni a ponerlo en duda, señor don Alejandro: después de lo que usted me ha dicho, eso es... creo, creo hasta en agüeros... ¡y hasta en las brujas mismas, caray!

—El caso es, amigo mío, que el daño existe, para mi desgracia.

—Esa es, mi señor don Alejandro, la que yo lamento: no la mía, que ya no me preocupa.

—Y vuelvo a repetirle que no me quejo de nadie, sino de mi mala fortuna; que no alzo ni bajo ni estimo en más ni en menos a su hijo de usted, ni le quito ni le pongo al acudir a ciertos extremos y al expresarme de cierto modo; pero yo tenía mi rumbo trazado, mis planes hechos...

—Sí, mi señor don Alejandro: usted tenía sus planes, ¡muy bien tenidos!... eso es, y muy bien hechos; planes ¡caray! de toda la vida, que son, sí, señor, los más estimados; y si esos planes, supongamos, le hubieran fallado por una causa... ordinaria y corriente, eso es, y común de todos los días, usted hubiera formado otros a su gusto; mientras que de este otro modo, eso es...

—Por consiguiente, señor don Adrián, no debe chocarle a usted que, sin dejar de estimarlos a los dos, a usted y a su hijo, en lo que valen, persista por ahora en mi determinación... Esto no es cerrar a usted las puertas de mi casa, entiéndalo usted bien...

—¡Chocarme a mí nada de eso!—exclamó don Adrián levantándose de la silla, tembloroso y con los ojos empañados—. ¡Creer que me cierra usted las puertas de su casa... cuando voy, eso es, a cerrármelas yo mismo! Porque debo cerrármelas, eso es, y no volver a llamar a ellas mientras no traiga en las manos, sí, señor, las pruebas de haber reparado la ofensa inferida a usted... Y se reparará, sí, señor, yo lo fío.

—No es fácil, amigo don Adrián.

—Yo repito que lo es, mi señor don Alejandro... ¡Yo repito que lo es! Yo conozco a mi hijo; yo sé que es de noble condición, honrado, sí, señor, y pundonoroso como él solo... Yo sé que es incapaz de levantar, eso es, los ojos más arriba de la talla, digámoslo así, que le pertenece; que estima y considera la amistad de usted, ciertamente, por encima, eso es, de toda otra ambición; que no ignora lo que yo me pago y me enorgullezco de ser... de haber sido, el amigo más estimado, eso es, del señor don Alejandro Bermúdez Peleches; mi hijo sabe, finalmente, que es gusano de la tierra, sí, señor, y tiene demasiada inteligencia, y rectitud por demás, para atreverse... con las águilas de las alturas. Eso es.

—Pero don Adrián—díjole Bermúdez mientras encendía con una cerilla una vela puesta en un candelero sobre la mesa, porque había anochecido ya—, si no se trata...