—¿Usted había notado algo de esa que podemos llamar enfermedad de mi hija, que yo descubrí, y de la cual le hablé anteayer en este mismo sitio?
—¡Pshe!—respondió don Claudio después de meditar un instante y comprendiendo, por el tono de la pregunta y por el aire de Bermúdez al hacerla, adónde iba a parar éste con el asunto en aquella ocasión—; algo, algo, no era difícil de notar: ya ve usted, a perro viejo... Pero cuando me convencí de que lo había, y mucho, quizá sin haberlo notado ninguno de los dos, fue cuando él, espantado con la idea de que pudiera llegar a oídos de usted la noticia del suceso que Nieves le ha referido hoy, me buscó para referírmele a mí en el mayor secreto, ¡Qué cosas adiviné entonces, don Alejandro! y francamente, ¡qué grandes y qué hermosas y cuán de admirar en aquel noble y valiente muchacho!
—Sí, señor—dijo Bermúdez sacudiendo con el dedo meñique en un cenicero de porcelana que había sobre la mesa—escritorio, la ceniza de su medio cigarro:—para que nada falte en este malhadado asunto, hasta hay de por medio su rasgo de novela; ese toque romántico del salvamento de la protagonista.
—¡Buen romanticismo nos dé Dios, señor don Alejandro! ¡Romántico un lance de una realidad tan tremenda, que todavía me pone los pelos de punta cuando le recuerdo en toda su imponente sencillez!
—¿Los pelos de punta, eh? Mire usted los míos, don Claudio, que aún chisporrotean desde que oí el relato hecho por Nieves. ¡Y si viera usted cómo está la sangre de mis venas, y lo que pasa en el fondo de mi corazón, y las ideas que hierven en mi cerebro!...
—Por visto, don Alejandro, por visto. Pero le he oído a usted calificar de malhadado el asunto principal, y me voy a tomar la libertad de decirle que no hallo el calificativo arreglado a justicia.
—¡Canástoles!... ¿Cómo que no?
—Pues como que no.
—Yo tenía mis planes, señor don Claudio; yo tenía mis planes.
—Corriente: tenía usted sus planes.