—¡Bah!... Ya salió otra vez el rasgo novelesco.
—Porque ha venido al caso que salga; no por lo que tiene de novelesco, que no tiene nada, como usted mismo cree, aunque no me lo confiese, sino como revelación del alma más noble y generosa que ha encarnado en cuerpo humano.
—¡Qué entusiasmos, hombre!... No parece sino que todos...
—Es justicia, señor don Alejandro, créalo usted; y porque viene a pelo.
—De todas maneras, yo tengo mis compromisos con mi hermana desde muchos años hace, y su hijo viene a España confiado en la seriedad de ellos.
—¿Se habían formado esos compromisos con el consentimiento de Nieves?
—Siempre estuve en cuenta de que sí; pero al oírla a ella ahora, resulta que no.
—¿Y es posible que usted, el mejor de los padres y el más caballero de los hombres... (sin asomo de lisonja, señor don Alejandro) sea capaz de conceder más importancia a esos compromisos, mal contraídos, que a las repugnancias de Nieves a sancionarlos? ¿Quién, que le conozca a usted como yo, ha de creerlo?
—Nadie, ¡canástoles! nadie; porque yo tampoco lo creo; pero ¿por qué, con planes o sin ellos, se me ha atravesado este estorbo aquí? ¿Por qué no han ido las cosas por sus pasos contados?
—Y ¿qué más contados los quería usted, don Alejandro? Se han hallado sin buscarse; se han tratado sin pretenderlo; se han entendido sin explicarse... ¡Sí hasta parece providencial, hombre! créalo usted.