¿Está usted seguro de que al tercero o cuarto... o vigésimo vuelo, después de metida en las espesuras del mundo, y con más años y más apetitos encima, hubiera caído mejor?

—Además, hombre, ¡qué canástoles! cuando yo empezaba a recrearme en ella, recién educada con tantas precauciones y tantos cuidados...

—¿Y, por ventura, se la roban a usted de casa para llevársela por esos mundos afuera... a Méjico, verbigracia, donde no la vuelva a ver en muchos años... o nunca quizá? Si hasta por ese lado sale usted ganando en la nueva jugada; pues lejos de quedarse sin la única hija que tiene, adquiere otro hijo más, que le acompañe y le quiera y le venere... ¡Ah, caramba, si yo me viera en pellejo de usted! (cuántas veces me lo he dicho y se lo hubiera dicho a usted autorizado para ello, como ahora lo estoy, desde que sigo de cerca este pleito y he estudiado los autos con interés); ¡si me viera yo en su pellejo!....

—¿Qué haría usted en ese caso?

—Pues haría... ¡qué demonio! lo mismo que va usted a hacer, sólo que yo lo hubiera hecho desde que noté el primer síntoma de eso que usted llama enfermedad de su hija.

—Pero, hombre, si, por errarla en todo desde que llegué a Peleches tan atiborrado de ilusiones, hasta me ha fallado la máxima que yo consideraba infalible.

—¿Qué máxima?

—Aquélla de los aires puros... ¡Lo que yo la he ventoleado!

—Vamos, señor don Alejandro: hoy no da usted pie con bola, y todo lo mira del revés. ¡Decir que le ha fallado la máxima cuando acaba de cumplírsele al pie de la letra! ¿Qué pensamientos más nobles ni mejor colocados quiere usted en una mujer, que los que han infundido en Nieves los aires de Villavieja?

—Pero no son los que traía de Sevilla.