—¿Le parece a usted que solemnice las paces con ellos comiendo juntos aquí?
—Antes con antes.
—Mañana mismo.
—Yo empezaría con unos preliminares esta misma noche.
—No, señor: esta noche, y aun esta tarde, las necesito yo para negociar con Nieves y ponernos de cabal acuerdo los dos.
—Me parece bien; pero de todas maneras, yo reclamo para mí el altísimo honor y el regalado deleite de ser en la botica el mensajero de tan buena nueva. ¡Se las he dado tan amargas a los dos excelentes amigos en estos últimos días!...
—Concedido con toda el alma.
—Pues sélleme usted las credenciales con un apretón de manos.
—Ahí va la mía, y el corazón con ella.
—Un abrazo además.