—¡De perlas, amigo don Claudio, de perlas!—dijo don Alejandro recogiendo el papel de manos del comandante—. Me alivia usted de un trabajo engorrosísimo. Al pie de la letra lo copio, y va esta misma noche al correo.
—Si quiere usted que se recargue un poquito la suerte—respondió don Claudio muy serio—, pida con franqueza.
Me parece que sobra con esto. Al buen entendedor...
—Pues entonces me largo a escape... Conque ¿hasta la noche, don Alejandro?
—Hombre, me parece bien la idea: vuélvase, solo por supuesto, un ratito esta noche para darme cuenta del resultado de sus primeras negociaciones.
—Sí, señor, y para saludar a Nieves de paso... ¡Caramba! que también yo soy hijo de Dios.
Se fue el comandante y se quedó Bermúdez en su gabinete un buen rato, palpándose el tronco, atusándose el cabello a dos manos, tomando alientos y moviéndose a un lado y a otro; hasta que se detuvo y dijo, volviendo a llevarse las manos a la cabeza:
—Pues, señor... ¡a ello, y que Dios lo bendiga!
Y salió del gabinete.
polanco, julio de 1890.