—Eza mancha jué lo negro que yo vide.—dijo Catana sin poderse contener.
—Pues esa mancha negra, mi señora doña... espantos sin substancia, es un magnífico pinar, y de mi legítima pertenencia, como la huerta y lo que sigue hasta él... ¿estamos? y aunque algo triste de color, no es para que nadie enferme al mirarlo, y mucho menos una res brava de ciertas espesuras que yo me sé. ¿No es verdad, Nieves? Sé franca, tú que pintas algo y entiendes más que Catana de estas cosas. Fíjate bien: aquí la lozanía de la huerta; después el recuesto verde sucio; luego el pinar casi negro; enseguida un monte gris, rapado y pedregoso; y en último término, una montaña azul. ¿No tiene todo este conjunto su belleza especial? Además, os lo tengo anunciado como lo menos bello del panorama, y no podéis, en buena conciencia, llamaros a engaño ahora... Y se acabó este primer número del programa... A otro enseguida... y quédense estas puertas abiertas para que se vaya inundando de la gracia de Dios toda la casa...
Por aquí, por el pasadizo éste... Alto en esta puerta de la izquierda, y mucho cuidado con no torceros un pie en algún rendijón del tillado de adentro. Como la pieza tiene balcón, único claro que hay en la fachada correspondiente, la del noroeste, se cuelan las invernadas por él lo mismo que si no vinieran a Peleches más que para eso. ¡Como está tan alto y tan descarado!... Nadie ha podido habitar en esta pieza jamás. Cuidado, repito, mucho cuidado donde se pisa... ¡Ea! ya está de par en par, digo, ya están separados estos pingajos de puerta. Ponte aquí, Nieves, y tú a este otro lado, Catana... Vamos, ¿qué hay que decir a esto?... No os fijéis en este primer término, que es árido y escabroso, como todo terreno de costa, sino en lo demás, en lo llano, que es la vega de Villavieja, verde aquí, parda allá, con sus caseríos salpicados, después alturas grises y alturas verdes, y sierras peladas y montes obscuros... ¿Veis una rayita blanca, allá lejos, que culebrea un ratito en el contorno de la vega y luego se pierde entre dos cerrillos? Pues es el camino real. ¿Veis otra rayita que cruza la vega por este lado de la izquierda, en dirección a los mismos dos cerros en que se pierde el camino? Pues es la senda que une a Villavieja con él. Por ahí vinimos anoche nosotros; sólo que al llegar a la entrada de la villa, tomamos otro camino que sube a Peleches por esta ladera... Vedle aquí arrastrándose debajo del mismo balcón en que estamos... ¿Eh? ¿Qué tal? Me parece, señora serrana, que aquí no hay negruras que maten ni asusten a ciertos corazoncitos temerosos y delicados... Bien claro, abierto, luminoso y variado es por donde quiera que se mire todo ello... Vamos, diga usted que sí o que no, como Cristo nos enseña.
—¿E de zu mercé la vega tamién?—preguntó Catana a su amo, en lugar de responderle.
—Una buena parte de ella—contestó Bermúdez un poco amoscado—. Pero ¿qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Lo barruntas tú, Nieves?
Nieves, que toda era ojos y respiración, para gozar a sus anchas de la luz y los aromas de que estaba inundada la campiña, adivinando la malicia envuelta en la pregunta de Catana, contestó a la de su padre, sonriéndose con la rondeña:
—Es una salida como otras suyas, por no mentir. Teme que lo sientas si te dice que no la gusta... por lo menos tanto como...
—Como la Serranía de siempre, vaya,—concluyó don Alejandro.
—Ezo igo yo,—confirmó Catana, mirando a Nieves con la cabeza algo gacha.
—¿Y tú también eres de su parecer, hija mía?