EÑOR don Claudio! No podía usted llegar más a tiempo ni en mejor ocasión... ¡Catana!... ¡Catana!... ¿Café? ¿chocolate? ¿cosa de tenedor?... Con franqueza, don Claudio: lo que más apetezca y mejor le siente a estas horas... ¡Catana!...
—Pero, señor don Alejandro, ¡si yo no acostumbro a desayunarme hasta más tarde! Cabalmente he venido tan de madrugada, por averiguar de sus sirvientes, mientras ustedes descansaban, qué era lo que habían echado más en falta anoche, para disponer con tiempo el remedio. ¡Cómo había de sospechar yo que después de las fatigas del viaje?...
—Pues ahí verá usted. ¿Y si le digo que hace ya más de una hora que andamos de ronda por toda la casa, de pieza en pieza y de balcón en balcón, mira aquí y asómbrate allá?...
—¡Es posible?...
—Y ¿por qué no ha de serlo?
—En usted, pase, porque está más avezado, es de aquí y lo tiene ley; pero esta señorita...
—¡A buena parte va usted! Cuando me levanté yo, ya estaba ella de vuelta, como quien dice. ¿No es verdad, Nieves? Hay que advertir también que antes de acostarnos anoche habíamos pactado cierto compromiso... Pero que diga ella si le ha pesado la madrugada...
—¿De manera que la ha gustado la situación de Peleches?
—¡Oh, muchísimo!