—Sí, señora: de donde son las grandes mantecadas...
—Y los maragatos, canástoles, con sus bragazas de fuelle.
—Sí, señor, y a mucha honra.
—Pues ¿cómo vino usted de tan lejos?
—Lo mejor será que se lo cuente usted todo, don Claudio; porque, a lo que veo, ha perdido la filiación de usted que yo la he dado varias veces.
—Sí, y para que se vaya apartando la atención de cierta cuenta pendiente.
—¡Habrase visto marrullero?... ¡Como si no me importara a mí más que a él dejarla bien saldada!
—Allá lo veremos, mi señor don Alejandro, porque todo se andará. Voy por de pronto a satisfacer la curiosidad de Nieves en cuatro palabras, porque siendo, aunque inmerecidamente, tan íntimo amigo de su padre, no está bien que sea un hombre desconocido para ella...
—Tanto como eso, no, señor don Claudio.
—Es un decir; y vamos allá. Yo vine a Villavieja de teniente de carabineros: no cucharón, señorita, sino de colegio, del de Infantería. Aquí ascendí a capitán y me casé con una villavejana de bastante buen ver y no pobre del todo. ¿No es cierto, don Alejandro?