—Me parece una gran idea—respondió ésta entregando al mismo tiempo a don Adrián las acuarelas—. Y dígale usted, de mi parte, que cuando vaya nos lleve algunas obras más de esta clase, para verlas... y admirarlas... ¡Ay, qué bien lo hace, don Adrián! ¡Quién fuera capaz de la mitad de ello siquiera!

—¿De veras, señorita?—preguntó el boticario conmovido de gusto.

—¡Y cuidado!—díjole don Alejandro—, que ésta es del oficio, y su voto, de calidad por consiguiente...

—¡Caray! de ese modo, ya lo creo... Sí, señor, eso es. Pues tocante a lo del convite, yo con alma y vida le doy por aceptado desde luego, mi señor don Alejandro... Del chico, no sé qué decir a ustedes: siempre me saldrá, por disculpa, con lo de costumbre cuando le conviene esconder el bulto: con que no puede faltar uno de nosotros de aquí, sabiendo, como sabe, que el mancebo se sobra y se basta, sí, señor, para el servicio ordinario; porque bien acreditado lo tiene... eso es... Pero en un caso como éste, puede que vaya... Irá, sí señor, irá. Es asombradizo, como les he dicho a ustedes, o corto, o no sé qué; pero ha corrido mundo, tiene luz allá dentro... justamente; sabe distinguir de colores, y a ustedes los considera... ¡caray, si los considera!... Y una descortesía no la comete él con nadie aunque le ahorquen... Ahora, en cuanto a llevar consigo las pinturas, ya varía... y de eso sí que no respondo... En fin, se hará lo posible, eso es... Y un millón de gracias por la fineza, señores míos.

En esto entró don Claudio Fuertes, y se habló de otras cosas; y cuando llegó el momento de salir los tres a voltejear por la villa, dijo el boticario al comandante retirado:

—Si tocan ustedes en el muelle, enséñeles el yacht, aunque está fondeado un poco lejos. Ya van enterados de todo... Eso es.

—X—
De tiros largos