—No sirve ya—díjole ésta después de mirarle un momento—; puede usted tirarle, si quiere.
Y Leto, sin más ni más, le tiró, por pura obediencia.
—Ya se ve el balandro—dijo al mismo tiempo.
—¿Cuál es?—preguntó Nieves.
—La única embarcación de aquellas cuatro, que está aparejada.
—¡Cuánta vela tiene!
—Cuantas hay en casa. Cornias no se ha andado en chiquitas: todos los trapitos ha echado al sol... ¡Qué hermoso día de mar!
—Oiga usted, Leto—le dijo Nieves muy en reserva y después de notar con el rabillo del ojo que no la oían los que venían detrás—: cuando estemos en el balandro y le hayamos visto, proponga usted a mi padre que demos un paseo por la bahía.
—Ya estaba yo en eso—respondió Leto muy ufano.
—Y si papá consiente en ello, que sí consentirá—continuó Nieves más por lo bajo todavía—, así, como a la descuidada, se va usted echando hacia la mar... ¿eh?