—Caballeros—dijo al oírlo don Claudio, levantándose de golpe y andando hacia la puerta—: aquí sobra uno, y ese soy yo.

—¡Pero, don Claudio!...—exclamaba Nieves, riéndose del arranque de su amigo.

—Nada, nada: cada uno es cada uno, y yo sé bien lo que me hago... Y también usted lo sabe al venirse conmigo, señor don Adrián—añadió Fuertes volviéndose un momento hacia el boticario—. Porque yo doy por supuesto que usted tampoco se queda, aunque le aspen.

—Verdaderamente—contestó el aludido, que estaba algo inquieto por falta de franqueza, moviéndose un poco hacia la puerta—, que no soy de lo más apto para este género... eso es... de diversiones... Por otro lado, ¡caray! la edad... eso es. De manera que, si no se tomara a mal...

—¡Qué ha de tomarse, hombre!—díjole don Claudio, volviendo para cogerle por un brazo.

—Y aunque se tomara... Véngase, véngase, don Adrián; y verá usted qué guapamente estudiamos las condiciones marineras del Flash... desde tierra firme.

—Conste, señor matamoros—dijo Bermúdez desde la puerta de la cámara cuando ya salía del pozo el comandante llevándose a remolque al boticario—, que no solamente doy el permiso que me ha pedido Leto, sino que me quedo, y con gusto... ¡con mucho gusto, canástoles! mientras que usted se larga.

—Con gusto, ¿eh?—respondió Fuertes sin volver la cara—. ¡Ay! mi señor don Alejandro... ¡si hubiera espejos para ver a los hombres por sus adentros en determinadas ocasiones!... Cornias, arrima un poco más el barco, hijo... Así... ¡Ajá! Cuidado, don Adrián... Venga la mano... Eso es... ¡Divertirse, caballeros!

¡Cómo le pusieron entre Nieves y su padre desde el yacht!

—A la faena ahora—dijo Leto a su edecán, sin oír a los unos ni a los otros, porque ya estaba con la fiebre de sus glorias—. Usted, Nieves, a sentarse aquí; y usted, don Alejandro, a su lado... Perfectamente... ¡Cornias!... desatraca, y a franquearnos con el foque... Bueno... Ya va... ¡Lista la driza de pico!... Yo a la de boca... ¡Iza!