¡Carape si la picaba Rufita González en aquel particular! Pero no se dio por tentado de la sospecha, y dijo sencillamente:

—Y ¿por qué lo ha de saber Rufita mejor que usted?

—Porque ya tiene el gabinete preparado... y hasta los dulces para la boda. Aquí sólo sabemos, por carta que se ha recibido hoy, que vendrá a fines de agosto.

—¡Qué pronto!—exclamó Leto dejándose llevar, sin duda alguna, de su natural bondadoso.

Y no se habló más de Nacho. Nuevas idas y venidas de Leto.

En una de ellas, es decir, de las idas al balcón, le preguntó Nieves, en crudo como solía:

—¿Por qué se puso usted colorado en el pinar cuando le pregunté si conocía a las Escribanas?

Leto se alegró en el alma de que la noche fuera tan obscura como era, porque así no se desvirtuaría la sinceridad de la respuesta con la sofoquina que le había causado lo extraño de la pregunta.

—Me puse como usted dice—contestó sencillamente—, porque, de un tiempo acá, le ha dado a ese culebrón de fiscal por embromarme con la mayor de las tres, sin maldito el fundamento; y ya sabe usted lo que soy en determinadas apreturas.

—Como coincidió lo de la sofoquina de usted—repuso Nieves abanicándose mucho—, con el hallazgo del clavel en el álbum...