Un día se observa que al pasar junto á uno de esos forasteros bullidores y omniscientes, en lo que respecta á pueblos, tipos y costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con inusitada familiaridad, al cual agasajo corresponde él flagelando el vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.
Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos los colores.
Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y les da una respuesta brevísima.
—¡No es posible!—se le replica.
—Con verlo basta, caballeros.
Desde el día siguiente se las mira en la calle como á gente conocida, y se observa un hecho bien opuesto á todo lo usual y corriente en el trato social; y es á saber, que á medida que van ellas ensanchando sus relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias, van éstos escatimándoles sus atenciones en público, es decir, que más se aíslan cuanto más se comunican.
Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.
Y llamo completo al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado á la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas de un palco segundo del teatro, obscurecidos ya por la luz de una candileja, ó describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un vapor-correo.