—¿Por qué, hombre?

—Ya ve usted la diferiencia: cuatro peñascos, un arenal y un poco de agua. Compáreme usted esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos palacios y aquel vaivén de sociedad, que á veces no cabemos en el salón... porque, créame usted, cabayero, aquello es la mar de elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues, para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese usted, á los que estamos hechos á aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está usted servido, cabayero.

—Muchas gracias, amigo.

—Me alegraré haberle dado gusto.

—Pues vaya usted alegrándose.

—Ya lo sabe usted: por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

—No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las escrúfulas.

—Tantísimas gracias... Beso á usted su mano, cabayero.