—¿De manera que ha hecho usted el viaje en balde?

—No lo crea usted... y por algo se dijo que «por lo más obscuro amanece». Hablando yo de estas cosas, á los tres días, con un compañero de posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dió un curandero ¡pásmese usted! un remendón que trabaja en un portal de esta misma ciudad. ¡Y decir á Dios que hay médicos que gastan coche! Pues, señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fuí á consultar con el curandero... ¡Le digo á usted que es preciso verlo para creerlo! No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme hacerle historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia adelante, me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca del estómago, me dijo:—«Usted tiene toda la maleza en el arca, motivado á que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, á causa—¡esto es lo más asombroso!—de que las dos paletillas no encajan bien en el espinazo...». Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún facultativo.

—Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dió para tan complicada enfermedad?

—Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la curcusilla; el otro es para encima del estómago.

—¿Los tiene usted puestos ya?

—No, señor: los llevo para ponérmelos en cuanto llegue á casa; porque, tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella veintisiete días, boca arriba, sin moverme.

—¿Y las yerbas?

—Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar, mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas abundantes, y que á la vez que con ellas sale toda la maldad, con los parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las paletillas... Conque sírvase usted darme lo que me resta del crédito que traía, porque ya me parece que tardo en llegar á casa para ponerme en cura, y mande lo que guste para aquellos señores.

—¿Resueltamente va usted á ejecutar el plan del curandero?

—Como estamos aquí los dos.