Si con esta luz no columbráis aún el tipo, os apuntaré otro dato que necesariamente ha de iluminar vuestra memoria.—Durante lo más recio de un chubasco estival, de ésos cuyas gotas pesan, cada una, medio cuarterón, y después de saltar de rebote hasta los balcones, convierten las calles en torrentes; cuando las losas relucen, y el tránsito cesa, y comienzan las ratas á asomar por los sumideros huyendo de la inundación, y los chicos las apedrean, y la gente, pegada á las fachadas, porque ya están llenos de ella los portales y las tiendas, silba y aplaude y ríe á carcajadas celebrando las corridas, y asoman cabezas por los entresuelos, y hierven, hasta levantar la tapadera, las alcantarillas del Correo, y se inunda la calle de San Francisco; cuando todo esto y mucho más sucede, un solo mortal atraviesa impávido la Plaza Vieja, ó marcha Muelle adelante por la acera del mar, sin paraguas, en chancletas, con las manos en los bolsillos, y, por toda precaución, la cabeza muy hundida entre los hombros. Pues ése es.
Probablemente habréis recibido alguna vez su visita. Es hombre que hace muchas, recién llegado.
Un día os anuncia la inexperta fámula que ha llamado á la puerta un caballero que desea hablaros. Con tal anuncio, la decís que le introduzca en lo más sagrado de la casa; y cuando acudís á recibirle, os le halláis, como la estatua del desconsuelo, con las manos cruzadas sobre el cóncavo vientre, el sombrero entre las manos, y la mirada tangente á las fruncidas cejas y fija en vuestra mirada.
—Cabayero—os dice con voz trémula y un poquillo de olor á aguardiente:—un desgraciado, con su señora enferma y siete criaturas... sin hogar, sin un pedazo de pan que llevar á sus inocentes labios, implora el auxilio de su generoso corazón.
—¿Quién es ese desgraciado?—le preguntáis, por preguntarle algo, antes de plantarle en la escalera.
—Un servidor de usted, que no hace mucho ocupó una briyante posición social. Pero los acontecimientos políticos...
—¿Era usted de los del presupuesto?
—¡Jamás, cabayero!... Me estimaba demasiado para eso. Yo era rentista.
—¡Hola!
—Sí, señor: tenía todo mi capital en los fondos públicos.