Y el pobre hombre que escucha, devora hasta con los ojos, no ya con los oídos y la boca, las palabras del mugriento, y le da una convidada, y se echa á la calle, y revuelve á sus correligionarios, les cuenta lo que le han dicho, les saca los cuartos, reúne los dos mil reales más otros quinientos que él pone de su bolsillo, como en correspondencia al alto concepto que de él ha formado Su Excelencia, y se vuelve á casa tan convencido del inmediato triunfo del partido, que le falta muy poco para subir á la del Gobernador y aconsejarle que deje el mando por buenas, antes que se le quiten los suyos á linternazos. ¿Necesito pintar el afán con que el bolonio entrega el dinero recaudado y el placer con que lo recibe el descamisado bribón?...

Algunos días después de éstas y otras análogas, aunque no tan productivas fazañas, se oye decir que la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban robar el escritorio del señor de Tal, ó la caja del Banco.

—Y ¿quiénes eran?—pregunta uno de esos curiosos que se creen en la obligación de conocer á todo el mundo.

—Pillería de Madrid—responde el preguntado.—Pero á dos de ellos quizá los conozca usted. El uno es un farsantón, de gran fachada, que se pasaba los días arrimado á las puertas de los cafés; el otro, sucio, raído y descamisado, probablemente le habrá visitado á usted para pedirle un anticipo de veinticinco duros.

Los de marras, lector.—Bien dije yo que estos mozos eran tal para cual.

Fáltame añadir que, á pesar de esta quiebra del oficio, que, por de pronto, los lleva á la cárcel pública, si no en el mismo verano, al siguiente, y antes que los frutos de sus mieses lleguen á punto de sazón, ya los tenemos acá otra vez, preparándose para recoger su agosto.

¡Oh sabias y protectoras leyes de la patria!

EL BARÓN DE LA RESCOLDERA