¡Horror y maldición! Conque era Lola Barrizales, y Barrizales es íntimo de papá, y ella supo quién era yo: luego aquellas miradas eran lo que yo me figuraba; y tal vez la sacrifican y ella quería decírmelo, y yo pude haberlo impedido con una sola entrevista... ¡Maldito coche en que se metieron ayer! ¡Lola Barrizales! ¡bella, rica y distinguida!... ¡Qué ocasión para mí! ¡qué ocasión perdida, dioses inmortales! Pero ¿tiene remedio ya este bárbaro contratiempo? Eso es lo que tengo que consultar con mis amigos, y voy á buscarlos ahora mismo á la galería... Entraré en ella muy pensativo y hasta cabizbajo, como quien lleva herido el corazón: esta actitud me irá muy bien. Entremos. ¡Cuánta gente elegante!... No están ellos aquí tampoco... En aquel extremo hay una silla desocupada... La ocupo... Dos chicas muy guapas se han fijado en mí. Buena ocasión para herirlas... Apoyo el codo en la barandilla, la cabeza sobre la palma de la mano, y me pongo muy triste y melancólico. Siguen mirándome... Y dirán ellas:—«Ese joven debe de tener una gran pesadumbre: ¡qué hermoso es!» y me compadecerán... Ahora miro al suelo, apoyando la frente en mi mano; y como si quisiera ocultar alguna lágrima que enturbiara mis ojos, doy golpecitos en el pie con el bastón. Pero la angustia va en aumento, el disimulo no alcanza y vuelvo la cara hacia la ermita. Para expresarlo mejor, muerdo el pañuelo... Estoy así un ratito, como sollozando. ¡Qué hermoso debo de estar!... Ahora, después de sonarme y guardar el pañuelo, debo levantarme y salir de prisa, ocultando la cara, como si mi dolor se aumentase entre la gente. Allá voy... Siguen mirándome las dos chicas, y creo que algunas más. No importa: yo no puedo, no debo, en esta situación, fijarme en nadie; á papá mismo negaría el saludo... ¡Magnífica salida he hecho! ¡Qué interesante he estado!... Me parece que he causado gran efecto. Á la noche indagaré si se habló algo de mí después que salí de la galería.
Aquí afuera hay demasiada gente también, y no debo permanecer entre ella estando tan triste como estoy. Me voy del Sardinero á buscar la soledad que me corresponde.—«Estuvo aquí un instante (debe decir la gente mañana) muy afectado, y se retiró en seguida sin saludar á nadie...». Y habrá hasta quien crea que fui á los Pinares á levantarme la tapa de los sesos. ¡Magnífico! Esto me pondrá de moda.
Me vuelvo á la ciudad, á pie, por la Magdalena, y me ayudarán á conllevar las fatigas del camino mis tristezas. En marcha, pues.
IV
OTRA VEZ EN SU CUARTO
Resumen de mis meditaciones del camino: continuaré en Madrid la empresa malograda aquí. El destino me la arrebató soltera; yo haré que el diablo me la devuelva casada. (Desnudándose enfrente del espejo). ¡Qué interesante me han puesto la pena y el cansancio!... Un amor contrariado con los correspondientes azares y escándalos, debe ser la ambición de todo hombre de mundo. La suerte quiere, por lo visto, que yo empiece por donde tantos calaveras han concluido. ¡Cúmplase mi destino, y adelante! Pero entre tanto, yo padezco y necesito distraerme. Me distraeré... abusando un poquito de mis ventajas... Esta noche al teatro; mañana al baile de campo con todos los recursos de mi hermosura, de mi distinción y de mi ropero. No me contentaré ya con la mirada y con la sonrisa; usaré también el billete perfumado, y luego el soborno, y después el escalamiento, y, por último, hasta el rapto, y, si es preciso, la estocada... Comencemos por vestirme de serio... ¡Juro á Dios que no me detendrán en mi carrera ni lágrimas ni amenazas! Yo no he traído esta contrariedad fatal; yo no me he colocado por mi gusto en esta actitud que ha de dejar memoria eterna en Santander. No se me pregunte luego por qué dejo víctimas detrás de mí:
«Soy el león... perseguido
Que sacude la melena».
Y pues al cielo plugo hacerme sentir el fuego de una pasión, y arrebatarme el objeto que me la inspirara, de las cenizas que deje á mi paso esta llama abrasadora,
«responda el cielo, yo no».