No desconoce ella estos rumores; y como sabe muy bien que son los gajes de su oficio, antes la lisonjean que la ofenden.

En las poquísimas veces que se da á luz entre su escogida corte bigotuda, los hombres abren calle para que pase, y las mujeres temen su mirada como el siervo la de su señor. ¿Qué mayor triunfo para su vanidad de mujer de historia?

Tan pocas veces se exhibe en público, que yo mismo, que trato de hacer su monografía, no la he visto jamás, ni la conozco sino por la fama que la han dado aquí los que nos dicen que la conocen mucho.

Pero mito ó realidad, ella pasa por Santander cada verano, y, como al principio dije, se imprime en la fisonomía veraniega del pueblo de un modo indeleble, como el detalle que más resalta y hasta da carácter é importancia á todos los demás.

Y he aquí por qué yo, que estoy haciendo el croquis de esa fisonomía, no puedo prescindir de dibujar en ella tan expresivo pormenor.

Eso haré yo tan sólo, y me guardaré mucho de escarbar el cutis para ver lo que hay debajo.

Quédese esto, en buen hora, para los aduladores que la cantan, ó para los maldicientes que la despellejan.

Si el calor de unos hechizos, que ya no existen, derritió el áureo pedestal sobre que la adoración de laborioso marido colocó á su propia mujer para atraerla el culto de los demás; si la tarea olímpica de reponer con otro nuevo cada trono derretido, dejó sin fuerzas, sin esperanzas y hasta sin vida al desventurado que tal empresa creyó fácil; si el peso que á él le mató, abandonado al pie de la montaña, tuvo nuevos Sísifos que le empujaran esperando llevarle triunfantes hasta la cima, y también rodaron hasta el abismo, desalentados y rotos; si mientras duró aquel fuego no le faltaron tronos que consumir, ni tesoros que rodar montaña arriba, buscando su calor; si de ese montón de escombros y cenizas ha hecho la química de la necesidad inagotable venero que surte de esplendor á una soberanía no destronada, antes ennoblecida con la augusta diadema de las canas; si éstas no son el fruto natural de los años, sino la huella de las tempestades que corrió la juventud en el mar de todos los deleites; si el corazón de la mujer, que es casi siempre un libro abierto, sin ser por eso un libro bueno, á menudo es una caverna con ruidos y sin luz, ¿á mí qué me cuentan ustedes? ¿qué me importa en el presente caso? Cuéntenselo á ese enjambre del buen tono que tanto se paga de ciertos relumbrones; cuéntenselo á esa sociedad que se complace en crear ídolos que después escupe y despedaza, acaso porque le imponen y amedrentan; cuéntenselo á esas gentes del gran mundo, para quienes nada es bueno ni plausible, sino lo distinguido y elegante. Ellas solas son las trompetas de esas famas; ellas quienes las elevan y sahúman antes; ellas mismas quienes las difaman después.

En cuanto á mí, dibujos hago, que no autopsias; y dibujo es éste, al trasluz, por más señas, sobre los perfiles que la fama trazó. Al público sale, pues, como el público le ha forjado: yo no hice más que copiarle en ésta, por ahora, última hoja de mi cartera.

1877.