Las mujeres parecían ser el único objeto de tantos desvelos y sudores, al vérselas saquear sin tregua ni descanso el taller de la modista y los estuches de los joyeros. No se les conocía otra pasión ni otras aficiones. Ostentar más lujo que ninguna otra de la clase, y barrer en la calle más basura con más ricas colas y sobrantes; prodigarse poco para no vulgarizarse demasiado; cara de escrúpulo á las de abajo y de altiva majestad á sus congéneres, vamos al decir; á las unas por razón de distancia, y á las otras por cuestión de competencia... Y paren ustedes de contar.
En resumen, de aquel pueblo podía decirse muy bien, violentando en obsequio á la verdad, lo más consolador de una vieja máxima cristiana: «Cada uno en su casa y el demonio de la envidia y de la maledicencia en la de todos».
Entre las más encopetadas de la encopetada clase última de las citadas, distinguíase la familia de don Serapio Caracas, sexto representante de la casa que, con el mismo apellido como razón social, había venido hasta entonces acreditándose en la plaza entre las más firmes y de más prosapia mercantil. Componíase la tal familia del citado don Serapio, de su señora doña Sabina y de una, al comenzar nuestra historia, niña de diez años, bella como una aurora de mayo, alegre, ingenua y descuidada, como suelta cervatilla entre lentiscos y verbenas.
Habitaban los tres casa de gran fachada en el barrio de preferencia, sin más trato íntimo, según la costumbre, que el de algunos individuos del mismo apellido que los cónyuges, siempre que fuesen mayores contribuyentes, y sin otro pasatiempo que el escritorio para don Serapio, las tiendas para su señora y el colegio á media pensión para la niña Enriqueta; por extraordinario, algunas visitas de etiqueta cuando el almanaque marcase «lujo extremado»; tal cual exhibición en el teatro, en los entierros ó en Semana Santa, y nada más.
Don Serapio tenía su escritorio en el entresuelo de la misma casa, con el cual estaba ésta en comunicación por medio de una escalera en espiral. Por esta escalera subía y bajaba dicho señor cuando lo necesitaba, y por la misma subían, para no bajar más á la mazmorra de donde habían salido, los cartuchos de doblones que doña Sabina necesitaba para lo necesario y para lo superfluo, que era muchísimo si ha de decirse toda la verdad. Mas no por eso se quejaba don Serapio, que, aunque avaro para adquirir, no lo era para guardar, siempre que los despilfarros redundasen en gusto y contentamiento de su familia; en lo cual llevaba una gran ventaja á casi todos sus colegas, que si bien eran ostentosos, porque consideraban á sus familias respectivas como trenes de lujo por razón de crédito y rivalidad, no entregaban el cuarto sin protesta, ni se pagaban en poco ni en mucho de la satisfacción inefable que experimentar pudieran sus hijas y sus mujeres al verse hechas un escándalo de sedas y pedrería.
Era, en verdad, don Serapio un pobre hombre en toda la extensión de la palabra. Ni las grandes jugadas le entusiasmaban ostensiblemente, ni los descalabros le sacaban de su centro, por más que hicieran honda mella en su corazón. Si no era de un entendimiento brillante, ni mucho menos, tenía cierto sentido práctico, el cual le bastaba para considerar qué sería de su hija y de su mujer si la contraria suerte le obligase á ponerles tasa en sus dispendios enormes, acostumbradas á ellos toda la vida. Pero sabía sufrir y ocultarlo, para lo cual contaba con una languidez natural de fisonomía, que así podía ser reflejo de un lento dolor físico, como de una gran pesadumbre; y don Serapio optó por aparentar lo primero, cuando la suerte le puso en la necesidad de elegir entre las dos apariencias. Verdad es que los estrechos límites á que fué reduciendo los negocios; la chocante parsimonia observada en su casa, tan notable antes por su vertiginoso movimiento, y otros síntomas por el estilo, dieron algo que sospechar en la plaza; pero ni el más mínimo recelo asaltó la mente de doña Sabina. Bien es que para esta señora había en el caudal de su marido algo como derecho divino que le ponía fuera de toda discusión y hasta de todo riesgo vulgar.
Tenía don Serapio, como dependiente de confianza, un viejo tenedor de libros, vástago de una familia que también venía perpetuándose en la casa con el mismo cargo; hombre, en verdad, no muy expresivo en su afecto, acaso por no haber dado fomento en su alma á otra pasión que la de los números en columna; pero, en cambio, honrado, metódico, inteligente y reservado como arca de tres resortes. Aquel hombre y su principal eran los únicos que conocían, por maravedís, la verdadera situación de la casa. Los otros dos dependientes que se empleaban también en ella, eran poco más que máquinas de copiar ó de escribir al dictado.
No se crea, sin embargo, que la casa de don Serapio estaba para dar un estallido de un momento á otro: era, como si dijéramos, uno de esos edificios quebrantados de muy atrás, que viven largos años con reparos y puntales, pero que son temibles durante cualquier temporal que se desencadena en torno de ellos... si es que no les da por durar siglos de medio lado, como la torre Nueva; fenómenos que si son raros en arquitectura, lo son mucho más en el caprichoso vaivén de los negocios mercantiles.
Y bien lo sabía don Serapio, según se afanaba hasta pasar en vida el purgatorio, no solamente por sostener derecha su fortuna, sino porque ni por dentro ni por fuera de su casa se vieran los puntales y el revoque con que aguantaba los desplomes y tapaba las rendijas.
Se me olvidaba decir que el buen señor pasaba ya de los cincuenta y cuatro, y que doña Sabina andaba muy cerquita del medio siglo, siendo la niña Enriqueta el fruto de su último alumbramiento, tras otros cinco bien desgraciados. Y su lucha á brazo partido con los estragos del tiempo, no era lo que menos preocupaba á la vanidosa mujer, no poco atareada ya con el afán obstinado de eclipsar á todas sus semejantes, así en el brillo del lujo como en la novedad de las galas.