Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya incurrido su esposo.
—Eran trece mil—dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha; ó—creo que eran cuatro,—aludiendo á los cofres llenos de alhajas.
Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.
Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:
—¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?
VI
ENTRE VENUS Y MARTE