Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, en su afán de mejorar de vivienda y de establecerse á su gusto.
Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.
Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da bastante que hacer.
Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos como de la peste.
En cuanto á lo demás, tanto le cansa como le deleita, si es que algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos de las sobras de otros tiempos, ó á similores del presente, que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su libertad.