—¿Y qué es lo que me cuentas, ¡oh Pablo amigo! sino lo que se lee en coplas y romances de gentes desocupadas y soñadoras?

—Será que no me he explicado yo bien. ¡Si uno supiera decir todo lo que siente y del modo que lo siente!

—¡Para el demonio que te escuchara entonces! Desengáñate, Pablo: por muchas vueltas que des á esas pinturas, no pasan de hojarasca, y, en substancia, haraganería pura.

—¡Cáspita! eso sí que no... digo, paréceme á mí. Andaría usted cerca de la verdad, si todas esas cosas me entusiasmaran á ratos, ó en los libros, ó vistas desde mi casa, muy arrellanado en el sillón; pero usted sabe muy bien que no hay faena de labranza ni entretenimiento honrado aquí, en que yo no tome parte como lo pueda remediar, y que tengo cinco dedos en cada mano como el labrador más guapo de Cumbrales; y ha de saber desde ahora, si antes no lo ha presumido, que quisiera perder el poco respeto que tengo á la levita de la casta, para hacer muchas cosas que hoy no hago por el qué dirán las gentes. Si esto es afán de holganza, holgazán soy sin propósito de enmienda; pero sea lo que fuere, esto es lo que me gusta, y para ello me creo nacido; con lo cual vuelvo al tema de antes: que no me estorban los sabios. Ni ellos sirven para la vida del campo, ni yo para la del estudio; porque Dios no ha querido que todos sirvamos para todo. Cada cual á su oficio, pues no le hay que, siendo honrado, no sea útil; y útiles y honrados podemos ser, ellos en el mundo con la pluma y la palabra, y yo en Cumbrales con mis tierras y ganados... y en Cumbrales me quedo; porque mi padre, que nunca quiso hacerme sabio á la fuerza, piensa como yo, tiene amor á sus haciendas, y no le pesa que otro se encargue de administrarlas bien cuando él no pueda atenderlas... Y aquí tiene usted todo lo que hay acerca del particular.

Calló el joven, dicho esto; y cuando ya no había al alcance de su mano derecha flores ni yerbas que arrancar, cambió de postura en el asiento; recorrió vega y horizontes con la vista, y comenzó á golpear con las rodillas, estiradas las piernas, las manos y el sombrero que metió entre ellas. No había hablado para porfiar ni para convencer, sino para decir lo que sentía, y le tenía sin cuidado lo que pudiera replicarle don Baldomero.

El cual, después de rascarse la cabeza por debajo del sombrero, que quedó ladeado, lanzó de un soplido la colilla que saboreaba rato hacía entre sus labios, tendióse sobre la nuca después de envolverla en sus manos entrelazadas, y exclamó:

—¡Música celestial!

Pablo se encogió de hombros, y continuó devorando con los ojos cielo, montes y llanuras.

—Y nada más que música—continuó el otro;—porque si admito que te animan propósitos de trabajo y no de holganza, y te cambio el apodo de poeta por el de guapo chico, lejos de probarme, en cuanto has dicho, que el saber vale para algo, has demostrado lo contrario con lo que has hecho.

—Pues no sé explicarme mejor,—dijo Pablo.