Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.
Pero no había llegado el Credo á la mitad, cuando las chanzas comenzaron á enardecer á la fiera; y la tramó con las ramas tenaces, los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba á las unas y bamboleaba á los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.
Tanteóle por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí; quiso también entrar en la iglesia, y hasta logró apagar los cirios de los primeros tajos; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con estas contrariedades se fué embraveciendo poco á poco, y tornó á las ventanas con propósito de desquiciarlas metiéndose por las rendijas. Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos, azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la naturaleza; pero por pocos momentos.
Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes. Sordos mugidos le precedían; y, á su paso, humillaban los árboles las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se estremecían en sus quiciales, y el día se quedó á media luz parda y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡qué empuje!... ¡qué acometidas aquéllas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia; las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes socarrenas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.
En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón: encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro remolino, subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía, le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía á reunirías al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba á amontonarlas y á cernerlas, á subirlas y á bajarlas, y á darles libertad otra vez, y otra vez á recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas, diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los muros revocados, y desnudaba á los viejos de sus vestiduras de yedra.
Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo se oyó un rumor, á modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo á descansar. De vez en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos árboles contraídos y tiritando!
La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de cien batallas, espantosa.
En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para regalarse con el espectáculo de un incendio!
No había punto en el lugar donde la furia no metiera su cabeza, y con la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por eso todo era estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas, bufaba en los arbustos, bramaba en los callejones, y en las arboledas rugía; y, en ocasiones, hasta las campanas lanzaban solas desacordes sonidos, con pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.
Á lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano en noche tormentosa: aquí, el crujir de la rama desgajada ó del tronco que se quiebra; allí, el estruendo de la pared que se derrumba, ó el zumbido del bardal que se agita desesperado y extiende sus greñas espinosas, buscando de qué asirse para que no le arranquen de la tierra que le nutre; y como complemento del cuadro, una luz tétrica y sulfúrea iluminándole; la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres y naturales pobladores, ocultos á la sazón Dios sabe dónde, llena de objetos raros é inconexos: tallos de maíz, hojas maceradas, polvo, astillas... y guijarros.