—Pero ¿á qué viniste?

—¿Á qué venía otras veces? Á ver á mi padrino, á ver á tu madre, á ver á María... y á verte á tí, simplón,—añadió Ana, tirándole á la cara una hoja de malva, que había tenido entre sus labios, después de quitarle el rabillo con los dientes.

Pablo no hizo más caso de la hoja que de los mosquitos que zumbaban en el aire. Verdad es que tampoco Ana tomó á pechos la indolencia de Pablo.

—No te creo—insistió éste.—Cuando ha habido monos entre tu padre y el mío, jamás han acabado de repente.

—Y ¿quién ha dicho que hayan acabado así esta vez?

—Tú, cuando vienes á vernos de parte de tu padre.

—Es verdad que vengo; pero con su cuenta y razón, hijo.

—Eso es otra cosa.

—¡Vaya si lo es!... Y en prueba de ello, escucha. Esta mañana me dijo mi padre, paseándose á lo largo de la sala: «¡Estos genios, Ana, estos genios!...» y como yo sé, por experiencia, que por ahí comienza él siempre á reconocer las flaquezas del suyo y á buscar la paz... ¿Sabes tú, Pablo, por qué había guerra ahora entre tu padre y el mío?

—No por cierto, Ana.