Ni una palabra dura respondió don Pedro Mortera á esta primera explosión de ira de su compadre; pero éste nunca se colocaba en tales alturas sin despeñarse después, ciego y loco, entre torbellinos de improperios y desvergüenzas. ¡Qué cosas dijo á su impasible amigo! Porque una vez enredado en aquella infernal batalla, ya no reñía sólo por el punto en cuestión: en la mente volcánica del jurisconsulto fueron eslabonándose recuerdos de supuestos agravios, hasta los más remotos del tiempo de su niñez; y caldeados al fuego de su ira diabólica, arrojábalos en palabras, como lava de un cráter y en testimonio de una vida de abnegaciones y martirios.
Trazas llevaba de no cesar la erupción en todo el día, cuando se presentó Ana despavorida y presurosa porque había oído las voces desde el corral. ¡Empresa peliaguda fué para la joven hacerse oir de su padre, desconcertado, lloroso y balbuciente! Pero lo consiguió al fin. Dueña de aquella brecha, minó con el arte de su larga y triste experiencia, y supo llegar hasta el corazón del pobre hombre, que acabó de rendir todos sus bríos á los halagos de su hija.
Entonces volvió don Pedro á ofrecerle sus brazos.
—Si te ofendieron—le dijo—algunas de mis palabras, sin tal intento salidas de mis labios, harto te han vengado las que después me has dirigido. De todas suertes, yo te las perdono con todo mi corazón. Jamás de él te he arrojado, en él vives; lee en el tuyo, Juan, y acábense de una vez para siempre estas reyertas que nos matan.
Don Juan de Prezanes, desfogadas ya sus iras, estaba más para sentir que para hablar; y tal vez á esta excusa se agarró su genio quisquilloso para no dar el brazo á torcer todavía, aunque Dios sabe si en el fondo del alma lo deseaba.
Así lo comprendió Ana; y mientras su padre se sentaba desfallecido y pálido, hizo una seña á su padrino, y díjole al mismo tiempo en voz alta:
—Este asunto corre ya de mi cuenta; y bien sabe mi padre que yo nunca dejo las cosas á medio hacer.
Con esto, se volvió á consolar al atribulado, y salió don Pedro Mortera, harto más pesaroso que complacido.