Ignoro la edad de mi amigo, y me falta con esto el primer dato para su biografía. Para su retrato me faltan colores. Sólo puedo decir que es hombre moreno y avellanado, de regular estatura, con bigote y perilla, de un carácter demasiadamente español y cervantesco. Posee un retrato suyo, buena pintura y gentil cabeza, con valona y ropilla, al cual es necesario dar el tratamiento de usarcé. Tratándose de temperamentos nerviosos, hay que postergarles á todos para dar diploma de honor al de mi amigo, á quien frecuentemente es preciso reprender como á los niños, para que se le quiten de la cabeza mil aprensiones y manías. Hay quien le dice que todas estas ruineras son pretexto de la pereza, y se le receta para curarse una medicina altamente provechosa para el médico, es decir, que se tome medio millar de cuartillas y que nos haga una novela. Recuerdo una temporada en que dió en la flor de que se iba á caer en medio de la calle, y salía con precauciones mil y temores muy graciosos. Sus amigos le recetaban que se pusiese al telar. No quería ni á empujones hacerlo; pero tanto se bregó con él, que el feliz término de todo aquel desconcierto nervioso fué la encantadora novela De tal palo, tal astilla.

Para concluir. Es Pereda un hombre harto de bienestar, privilegiado sujeto en quien concurren dones altísimos como su poderoso ingenio, que le hace figura de primera magnitud en las letras españolas, su bondad y nobles prendas, y todo lo demás que ensancha y florea el camino de la vida. Por tener tan variados tesoros y ninguna pena, suele preocuparse de pequeñeces, y las contrariedades del tamaño de piedrecillas se le agrandan como montaña que obstruye el paso. Cualquier contratiempo en la impresión de sus libros, la tardanza de un editor ó, pinto el caso, la falta de cumplimiento del compromiso de un amigo, le hacen cavilar, y ponen en apretadísima torsión todo el cordaje de aquella incansable máquina de sus nervios.

Por eso, si el no haber escrito estas líneas antes de ahora es causa de que tú, desesperado lector, no hayas podido gustar antes este libro campesino y esencialmente montañés, El sabor de la tierruca, flor la más pura quizás del ingenio de Pereda, á tí antes que á él pido perdón, aunque ambos hayan rabiado igualmente por culpa mía. Y no siento yo la tardanza, sino que no haya acertado á decir todo lo que sé sobre el originalísimo escritor y maestro incomparable que ha trazado á la novela española el seguro camino de la observación natural. Su influencia en nuestra literatura es de las más grandes que ha podido haber, y la señalarán en toda su extensión el tiempo y la venidera infalible justicia de las categorías literarias. Muchos le deben todo lo que son, y algunos más de lo que parece. Si este escrito pudiera ser largo, algo más diría yo que la brevedad me obliga á dejar de la mano; cosas que tal vez no sean necesarias por ser sabidas de todo el mundo, pero que yo quisiera indicar, porque sin indicarlas no me quedo satisfecho. Y es que hablando de Pereda y subiéndole hasta donde alcanzan mis fuerzas de sectario apologista, siempre me parece que no le enaltezco bastante, y quisiera volver á emprender de nuevo la tarea hasta ponerle más alto, más alto y donde debe estar.

B. Pérez Galdós.

Madrid, abril de 1882.


EL SABOR DE LA TIERRUCA