—¡Buen punto de dulce!—decía al probar el de guinda.—En este ramo, Ana, tienes que bajar la cabeza delante de tu madrina: no llegas á ella... ¡y eso que lo haces bien! En cambio, no hay repostero que entienda las compotas como tú.
—Pues mira cómo te equivocas—respondió su comadre:—ese dulce es obra de María.
—¿Sí? Pues es señal de que la discípula va á dar quince y raya á la maestra. Sea enhorabuena, muchacha.
Al tomar luégo chocolate, exclamó, después de olerlo y de probarlo:
—¡Soberbio!... Esto es de tres hervidas, como mandan los inteligentes: el chocolate ha de subir tres veces en la chocolatera; luégo un poquito de reposo, y á la jícara en seguida... Dame un par de rebanadas de ese pan tostado, Pedro... y esa mantequilla fresca para untarlas... ¡Cosa exquisita!
—El apetito que tú tienes, Juan—díjole su compadre,—y los buenos ojos con que lo miras todo. ¡Eso sí que es exquisito!
—No te diré que no, Pedro; que con el ánimo atribulado, suelen los estómagos ser melindrosos. Pero no por eso deja de ser bueno lo que lo es, como esto que yo alabo... Arrima hacia acá esos bollos de Mallorca, Teresa, que esponjas de miel deben ser para el chocolate... ¡Bien á mano los tenías, mujer, para regalarme hoy con ellos!
—Ayer se hicieron, Juan,—respondió doña Teresa arrimando la canastilla llena de bollos á su compadre.
—¡Mira qué á tiempo!
—¡Ésta sí que es obra de María!—exclamó don Juan de Prezanes saboreando parte de uno, mojado en chocolate.