Cargóse Pablo de veras, y le enderezó estas razones:
—¡Miseria Catalina!... ¡la mejor moza del pueblo! ¡tan rica como tú! ¡honrada como la que más!... ¿En qué la aventajas, meleno? ¿Dónde habría matrimonio más igual ni más lucido? ¿Dónde te vieras tú más honrado, más en tu puesto, más rey y señor de tu casa, que siendo marido de Catalina, que se miraría en tus ojos y te adivinaría los pensamientos? Y ¿qué otra cosa necesitas tú, con la cuna en que naciste, la educación que tienes y el oficio que traes, para no envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adular, Nisco.
—¡Bien se te conoce, paño!—respondió éste, de muy mal humor.
—Tú lo has querido.
—Es verdá; pero no lo conté tan amargo.
—Por tu bien lo dije como á mí me sabe.
—Se agradece el deseo, Pablo; pero... cada uno es cada uno... y yo me entiendo.
—Pues buen provecho te haga lo que te espera, si oyes más á tu vanidad que á mis consejos.
Y con esto se acabó la conversación. Levantóse Pablo, imitóle Nisco; y ambos, después de dar una vuelta maquinal por el cierro, sin hablarse palabra, volviéronse á Cumbrales, mudos también: pensativo, pero no triste, el uno; acongojado, lacio y gemebundo el otro.