Cuando un padre sencillo reprende á su hijo por una falta propia de la edad, vuelve los ojos con envidia á un «buen muchacho»; si éstos no van al teatro más que dos veces por semana, no se puede ser hombre de bien yendo tres; cuanto en costumbres es un pecado, deja de serlo desde el momento en que le comete un «buen muchacho»; las mamás los miran con un memorial en cada ojo; las autoridades los saludan como á las mejores garantías del orden... hasta los agentes de policía los acatan y reverencian, porque ven en ellos otros tantos futuros concejales...

Júzguese ahora del riesgo que yo corro al estrellarme contra tanta popularidad... y eso que todavía no he dicho que un «buen muchacho» es necesariamente tonto de remache.

Y dirá aquí el lector cándido:—¿Cómo puede un tonto adquirir tal fama de discreto?

Y pregunto yo á mi vez á ese lector:—¿Han sido nunca otra cosa los ídolos del vulgo de levita?

Por de pronto, apuesto una credencial de «buen muchacho» á que si yo tomo de la mano á un hombre, de los muchos que conozco, que se pasan la vida luchando brazo á brazo con la adversa fortuna, sin reparar siquiera que á su lado cruzan otros más felices con menores esfuerzos; á uno de esos hombres verdaderamente discretos, verdaderamente generosos, verdaderamente honrados; apuesto, repito, la credencial consabida á que si le tomo de la mano y le saco al público mercado, no encuentro quien le fíe dos pesetas sobre su legítimo título de buen muchacho, título que se le ha usurpado para ennoblecer á tanto y tanto zascandil como se pavonea con él por esas calles de Dios.

Por tanto, lector amigo, y para concluir, voy á pedirte un favor: mientras no se adopte en el mundo civilizado la costumbre de dar á las cosas y á las personas el nombre que legítimamente les pertenece, si por chiripa llegara yo á caerte en gracia (lo que no es de esperar) y desearas darme por ello un calificativo honroso, llámame... cualquier perrería; pero ¡por Dios te lo ruego! no me llames nunca buen muchacho.

1867.

EL PRIMER SOMBRERO