—Como los criados han estado cogiendo todo el día en la mies, no se ha podido hacer hasta ahora.
—Ya podías haber avisado antes, ó dejar la operación para mañana.
—En lo primero tienes razón, y dispénsame el olvido; en cuanto á lo segundo, como esta noche es la deshoja, no era cosa de que se mezclaran las dos cosechas.
—¿Qué es eso de la deshoja?
—¡Cómo! ¿No sabías que era esta noche? ¡Bruto de mí!… Vente conmigo.
Y así diciendo, cogió á su amigo por un brazo, y le arrastró, ó poco menos, hasta la cocina. En ella le enseñó al ama de llaves que estaba fregando una enorme caldera en la que iban á cocerse media fanega de castañas que estaban en un saco cerca del fogón.
—Todo esto es para la gente—dijo don Silvestre señalando las castañas y un enorme jarro de vino que estaba sobre el vasar.
—¿Para qué gente?—le replicó su amigo cada vez más sorprendido.
—Vente y lo verás—repuso el mayorazgo saliendo de la cocina y llevando por delante á su amigo.
Unos pasos antes de entrar en el estragal, ó sea el corredor que conduce á la bodega desde el punto en que arranca la escalera del piso alto, una algarabía atronadora de carcajadas, cantares y chillidos llamó la atención del forastero; algarabía que cesó tan pronto como éste y don Silvestre llegaron á la puerta de la bodega. En ésta, iluminada por un roñoso farol colgado de un clavo en una pared, se veía una enorme pila de panojas recién traídas de la heredad, y á su alrededor, sentados en el suelo, un enjambre de mozas y mozos del lugar ocupados en deshojarlas, echándolas después una á una, pero con extraordinaria rapidez, en los garrotes, ó grandes cestos, que estaban colocados delante de los deshojadores, á razón de uno de los primeros por cada seis de los segundos. Estos garrotes suelen tener una medida dada, y por el número de garrotes, ó coloños, que van llenos al desván, calcula fácilmente el labrador el resultado de su cosecha.