—¿Qué he de darles, si no lo tengo?

—Bebe menos, y verás como lo encuentras.

Tras estas palabras y una mirada muy significativa, pero que nada tenía de dulce, salió de la sala el Alcalde.

Entonces la contrariada mujer, mordiéndose los labios de coraje, fijó maquinalmente su airada vista en los tres hijos que estaban á su lado, y dió un sopapo á cada uno.

—¡Largo de aquí!—les dijo con furor;—y si queréis comer, dir á ganarlo.

Después, excitada por la pelea y aturdida con el aguardiente que había bebido, se tendió en el suelo, mordiendo el polvo y mesándose las greñas.

III

No hace mucho tiempo llegó á mis manos un manuscrito rancio y ahumado, en cuya portada leí, en muy buenos caracteres, el siguiente rótulo: Entremés de la buena gloria.

Abríle con curiosidad, y vi que, en efecto, era un sainete, cuyo argumento se reducía á poner de relieve algunas escenas muy parecidas á las que acabo de referir, presenciadas por dos forasteros, asaz pulcros y timoratos, que de vez en cuando salen de entre bastidores, donde están ocultos, á lanzar al público una andanada de muy saludables, pero muy pedantescas observaciones, contra la profana costumbre de las Buenas Glorias.

No tanto para que se tenga una prueba más de la verosimilitud de mi cuadro, como para que se conozca el saber de la citada producción, cuyo autor tuvo el mal gusto ó la abnegación, de morirse sin descubrir su nombre[9], voy á transcribir algunas de sus escenas, contando con la indulgencia del benévolo lector: