II

—¡Dolón, dolán, dolén, dolán, dolón! … que ya se oyen los cencerros de la cabaña y hasta se ve el polvo que levanta. Ha llegado el día anhelado, y el pueblo sale á recibirla hasta la portilla de la llosa, ó de la pradera en que, por de pronto, ha de entrar para que se cumplan las formalidades que van ustedes á conocer.

La gente viste de media gala, y se halla poseída de la más viva satisfacción. La corporación municipal se guardará muy bien de faltar á la solemnidad.

—¡Dolón, dolén, dolán, dolón, fiu, fiuuiií! … que los cencerros se oyen más cerca y se perciben con toda claridad los silbidos de los pastores, y hasta se distinguen el color y la armadura de las primeras vacas.

Los espectadores suspenden hasta el aliento y clavan en ellas la vista con una fijeza magnética. En seguida les entra la reacción y corren y se atropellan, hasta que concluyen por formar enfrente de la portilla, en dos hileras, entre las cuales pasa el ganado, que, no por haber pacido durante cuatro meses la yerba de la libertad salvaje, ha perdido su natural mansedumbre.

—¡Tío Roque!—grita un mozuelo con el pelo muy atusado,—¡la mi Gallarda trae el campano del lugar! … y aquí viene la primera de toas … ¡y cómo le menea! ¡Anda, pa que uno se fíe de lo que no ve!… ¡Y corrían voces de que en el puerto se le habían puesto á la Corva de tío Perico Mijotes!… ¡Cristo, qué hermosísima está!

—Miá tú, fantasioso—replica Mijotes, que no estaba muy distante del jaque,—si se dijo que la mi Corva le traía, por algo se dijo. Siempre se le habrán cambiao en el camino pa que no te se parta á ti el corazón de envidia al ver á la tu Gallarda con el campano que han puesto á la otra probe…. ¡Viva la josticia!; ¡á la novilla de la mi vecina, que no puede con el rabo, le han puesto el segundo campano!

—¡Callarvos, lenguatones!—interrumpe un viejo que, de puro viejo, no puede ya con las bragas:—¿que más vos da? Venga el ganao y venga ello gordo, que lo demás importa dos bisanes.

—No, pus lo que es gordo, por decir gordo, ya viene gordo—añade otro convecino que no tiene la mayor facilidad para expresar lo poquísimo que se le alcanza.

—No digo yo otro tanto—le replica un espectador de enfrente;—ahí va la mi Leona, que paez que la han chupao las brujas. Toma, ¡pus si viene gedal; ¡y qué bello que trae más hermosísimo!…; ¡me valga el Señor; es la mesma estampa de su madre!… ¡Bien te han ordeñao, morena! ¡Permita Dios, condenaos de pastores, que se vos güelvan lobos en el cuerpo los zurrones de hacer manteca!