—Pos … salto y digo: ahí está la cabaña, como se habrá visto. En la cabaña hay de too, como en la viña del Señor; porque musotros, á la res que es de mal pacer y de peor engordar, no podemos mejorarla, á no hincharla con una paja. Esto es claro como el sol del megodía. Pos digo yo ahora: hay que tener en cuenta que el verano ha sío fatal; hoy que la ventisca, mañana que el aguacero, el pasto se ha reblandecío, y pué ecirse que el ganao no se ha visto limpio de despeño. De salú, bastante bien: sólo han fenecío una vaca de tío Pedro Meñique y una novilla de la viuda del Cevil. La una murió de un empanderao, y la otra de un mal, á manera de perlesía. Dióseles lo que manda el aquel, vamos al decir, del hombre que lo entiende; pero no les acanzó.
El pastor, al decir esto, metió en el saco la mano y sacó de él dos cuernos de diferente forma y tamaño.
—Aquí están las gamas—dijo, levantando en alto los dos retorcidos apéndices.
El alcalde llamó á los dueños de las reses muertas, para que se presentasen á reconocer los restos que el pastor exponía á la consideración del concejo, para cumplir con un requisito exigido por éste.
Pedro Meñique y la viuda del Cevil reconocieron, contristados, las astas de las reses que respectivamente les habían pertenecido, y de cuya muerte ya tenían noticias, aunque vagas, antes de la llegada de la cabaña.
En seguida preguntó el alcalde si había algún vecino que tuviera que hacer daque cargo á los pastores.
—¡Pido la palabra!—dijo, saliendo á primera fila, un hombre muy entrado en años, cano de greña, enjuto y ahumado de carnes y ronquillo de voz.
—Hable Garabiel Pernías—díjole el alcalde.
—He pedío la palabra al auto de que he visto que la vaca mía que fué bien trisná al puerto, vuelve en los puros huesos y con un ojal en salva sea la parte, que mete miedo; y como el hombre no gana su probeza tumbao panza arriba, y yo sudo los güétagos pa ver de conservar la que tengo, quiero que se me satisfaga, como es justo, al respetive de la vaca.
—Tocante á la vaca—replicó el pastor,—tocante á la vaca, tío Garabiel, usté sabe mejor que yo que la vaca es una cabra condená que no se pué hacer vida de ella. Los cinco sentíos del alma le pone uno encima, y con too y con eso no se la pué meter por vereda. Si usté la chifla pa golvela, malo; si usté la vocea, pior; si se la apedrea, ¡me valga el Señor!, no la alcanza un galgo…. Pus évate que voy, amigo de Dios: hace ocho días, trepa la condená por un pedregal arriba á pacer unos matorrales que estaban entre un cajigaluco; salgo detrás de ella, hace la feguración de echarse cancia el desfiladero que estaba por la banda de atrás, atájola yo corriendo, asústase más la endina, échase de prisa por onde había subido, rueda como una pelota, y rásgase el pellejo contra la punta del peñasco. ¡Ésta es, tío Garabiel, la pura verdá; y si otra me queda en el cuerpo, que con ella reviente!