—Vamos, que le casqué la sopera.
Lo cual significaba que había abierto la cabeza á su contrario.
—Saca esa cerraja—decía aludiendo al reló que uno llevaba en el bolsillo, para que se mirase en él la hora.
Si se quejaba de la caldera, debía entenderse que le dolía el estómago.
Para los vocablos finos era aún más original. Los usaba de los más exquisitos, á juzgar por la eufonía, tanto, que para convencerse de que muchos de ellos eran rematados desatinos, había que analizarlos muy al por menor. No tenía acopio hecho de estos términos; pero sí una facilidad asombrosa, una especie de máquina para producirlos cuando los necesitaba. Ejemplo al canto.
Salía yo una noche del teatro; y, como rapaz que á la sazón era, caminaba más que de prisa, casi asustado de verme fuera de mi casa á horas tan avanzadas; como que quizás era aquélla la vez primera que yo las oía sonar hallándome al raso. Pisaba yo recio y menudito saboreando in mente los episodios de la comedia que acababa de ver, cuando al entrar en la calle de la Blanca sacáronme de mis meditaciones fuertes y descompasados gritos que daban dos hombres riñendo en uno de los extremos de la calle. Paréme á escuchar, no sé si por miedo ó por prudencia, y al punto conocí la voz de uno de ellos, marino de profesión, aún no piloto, y que más de dos veces me había honrado en el Instituto con sus testimonios de cariño á su manera. Llegaba la refriega á su desenlance, cuando de ella me enteré yo. Y dijo la voz que me era desconocida, á vueltas de algunas interpelaciones cáusticas y violentas de ambas partes:
—¡Á mí no me venga usted con cacofonías!
Y respondió en el acto la voz que yo conocía, en un tono que tanto picaba en burlón como en iracundo:
—¡Ni usted á mí con términos fisimánicos!
En seguida se oyó, retumbando en la calle solitaria, el ruido de una sublime bofetada, y el de un hombre que cae al suelo, rompiendo, al pasar, con la cabeza, el tablero de una tienda, ó cosa así.