—¿Quiénes son esos gubiernos pa meterse en la hacienda de los mareantes? ¿Qué saben ellos de cosas de la mar?
—El que manda, manda, tío Tremontorio.
—¡No en mi casa, tiña!
—Pues la ley es ley ahora y siempre.
—¡Por eso mesmo: á la ley me agarro, y viva la de nusotros!
—Pero una ley mata á otra, y la nueva es la que vale.
—En lo terrestre, pase; pero no en lo de la mar!
—Pero, hombre, y dempués de bien desaminao, ¿qué vale too ello? Y aunque valiera, si nos quitan las levas….
—¡Las levas … retiña! Siempre las tenéis delante de los ojos pa espantarvos el sueño…. Dos me cogieron á mí, y vos digo que no me pesa ahora que salí de ellas…. Más debiera espantarvos esto otro…. Si, señor, tiña; y ciegos sois si no lo habéis visto bien claro. Con esa orden de arriba, se dice «abro la puerta á la mar…»; y allá voy yo, y allá vas tú…, y allá van ellos, ¡tiña!…; porque detrás de nusotros podrá ir, con la ley en la mano, el raquero del Puntal, el chalupero de las Presas y toos los tiñosos de la costa de la badía…. Y esto no lo aguanto yo, retiña; que la mar se hizo pa los hombres que deben andar en ella y han andao siempre, ¿Ónde se ha visto que la gente del muergo sea quién pa dir conmigo á la pesca de altura?… Ves digo que no tendréis vergüenza si vos dejáis igualar por esa grumetería…. ¡Pos dígote al respetive de lo de los cabildos! ¿Qué semos ya los mareantes sin ellos? ¿Aónde vas tú? ¿Aónde voy yo, que valgamos dos luciatos? Quiere decirse, tiña, que, de hoy palante, tanto da ser callealtero como de nusotros…; toos seremos unos…. ¡Pa ellos estaba, retiña!
—Too eso está muy bueno; pero considere que está escrito en ley allá arriba, y que de na sirve lo que nusotros estipulemos acá abajo.