Pero el goloso prisionero, que ya se da por muerto, tira uno de retortijón á cada mano de su carcelero, y toma pipa por el corral afuera, relamiéndose de gusto.
Tío Jeromo, que en la socarreña, detrás de la casa, encambaba un rodal, acude á los gritos, y creyendo una patraña lo del robo de la nata, presume que su hijo se la ha chupado, y le arrima candela entre las nalgas y un par de soplamocos que hacen al chicuelo sorberse los propios.
Grita el rapaz y amenaza el padre, y entre los gritos y las amenazas, óyese la voz de la tía Simona, desde el portal:
—¡Ah, malañu pa vusotros nunca ni nó!… ¡Que siempre vos he de alcontrar asina!
—¡Ay, madruca de mi alma!—exclama el muchacho corriendo á agarrarse del refajo de la buena mujer.
—¿Por qué lloras, hijo? ¿Quién te ha pegao?
—¡Mujuééé…. Me pegó … jun … ú … ú … padreeéé!!
—Y todavía has de llevar más—murmura éste retirándose á la cuadra á arreglar el ganado.—¡Yo te enseñaré á golosear la nata!
—Yo no la comí, ¡ea!, que la comió Toñu el de la Zancuda…; ¡júmmaaá!
—Y pué que sea verdá, angelucu; que ese es un lambistón que se pierde de vista…. Vamos, toma unas castañas y no llores más…. Tu padre tamién tiene la mano bien ligera…. ¿Ha venío el estudiante?