—Y usté preguntón. Y es que el mejor día le echo una zurriascá de latín que no se la sacude en todo el año…. Porque yo también…. Pues si le entro á teología, veremos ónde usté se me queda.
—Parce miqui, incipiens sa-cerdo.
—Cuidado con la lengua, le digo, que aunque parece que no entiendo, ya sé traducir…. ¡Y si se me hincha la paciencia!…
—Eres un pobre hombre y no tienes nada del virum fortem…. No corras tanto, ¡caramba! ¡Tras de que deseo acompañarte hasta tu casa!…
De poco sirvió al mayorazgo esta reprensión. El seminarista apretó el paso, renegando de su mala estrella; dejó á medio camino al importuno, y no paró hasta la cocina de su padre, donde se presenta con el humor más perro del mundo.
—¡Cóncholes, qué hombre!—exclama por todo saludo al hallarse entre la familia.
—Pero ¿qué te pasa?—dice el tío Jeromo.
—¡Qué me ha de pasar? Ese fantasioso de mayorazgo…, ¡siempre con su latín!
—¿Y qué cuidao te da á ti? ¿No has estudiao tres años ya? ¿Por qué no le contestas?
—Porque no soy tan jaque como él…. Y luego él ha estudiado por otro arte. El mío no trae todas esas andróminas que él sabe…. ¡Cóncholes!, como quisiera entrarme á piscología … ¡sé más de ello!