—Que recen—dice Jeromo.

—¡Que canten, cóncholes!—replica el estudiante,—que á mí me gustan mucho las marzas…. ¡Ea, á cantar!—añade luego, abriendo una rendijilla, nada más, de la ventana.

Esta orden es acogida afuera con otro coro de relinchos, y al punto comienzan á cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un larguísimo romance que empieza:

«En Belén está la Virgen que en un pesebre parió; parió un niño como un oro relumbrante como un sol….»

y concluye:

«Á los de esta casa Dios les dé victoria, en la tierra gracia y en el cielo gloria.»

Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar cuando no se les da nada, ó cuando se les engaña con morcillas llenas de ceniza:

«Á los de esta casa sólo les deseo que sarna perruna les cubra los huesos.»

Los pesados lances á que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada cuando van los mozos á comer las marzas á la taberna, ya encontrándose con los marzantes de otro barrio, ó ya provocando á algún vecino, es sin duda la causa de que disfrace la voz el que pide y de que guarden asimismo el incógnito todos sus compañeros.

Pero en casa de Jeromo no se engaña á nadie, y la tía Simona alarga media morcilla de manteca á los marzantes; y éstos, después de echar la primera copla, se marchan relinchando de placer.