No creas, pobre Fabio, que en solitaria selva un Títiro sensible con una Galatea se pasa la mañana tendido á pierna suelta, tocando el caramillo, sin reparar siquiera que tiene la zagala muchísima canela…. Ó Galatea es tonta, ó Títiro es un bestia…, ó son de otra substancia distinta de la nuestra.

Tú, que el hervor aún sientes de la vida en tus venas, si vas por el Retiro y bajo su arboleda hallas una pastora, como la rosas fresca, tejiéndose guirnaldas, en muelle negligencia; si ves su pie pequeño que se adivina apenas en un zapato breve de satinada tela; si por crecer la brisa agítase la seda y los revueltos pliegues … (pero detente, péñola); si sus lánguidos ojos, llenos de amor, te asedian; si su garganta late, si su jubón…, etcétera…, ¿adonde irá á parar, iluso, tu prudencia? Pues bien: si en el Retiro, do, sobre ardiente arena, de mísero ramaje raquíticos se elevan árboles de artificio, sin sombra ni belleza; si entre la prosa, digo, de esa enfermiza selva las gracias de una ninfa trastornan y marean, ¿qué harán entre estos bosques cuando su gala ostenta en voluptuoso alarde la alegre primavera? ¡Oh, pobres trovadores de tirso y pandereta!: del cortesano mundo entre la turba espesa, cantad al sol de agosto que sin piedad os tuesta; llorad, míseros vates, fatídicas cornejas, sobre las tristes sábanas de calcinada arena donde la hispana corte su pedestal asienta; cantad al mar bullente que surcan en calesa, tras chulos argonautas, impúdicas sirenas; cantad al hambre, al frío, al lujo, á la opulencia, al vicio y á la intriga…, al crup y á las viruelas, que, pues vivís entre ello, lo conocéis por fuerza; mas del risueño mayo, con tosca, ruda péñola, no mancilléis los dones que, como gala, ostenta sobre florido trono la dulce primavera.

Tú que la adoras, Fabio, si quieres conocerla deja al punto la corte fascinadora, déjala, y corre presuroso hasta mi noble tierra; y aquí, entre sus montañas y encantadoras selvas, renegarás del torpe numen que, sin conciencia, te hizo mentir soñando mezquinas primaveras; y acaso, convertido, al ver tanta belleza, arranques de tu lira las insonoras cuerdas, juzgando, cual yo juzgo, que si á sentir se llega de tan hermoso cuadro la sencilla grandeza, para cantarla es poco «la rica, gaya ciencia».

SUUM CUIQUE

I

Don Silvestre Seturas tenía cuarenta años de edad, plus minusve, y era todo lo alto, robusto, curtido y cerrado de barba que puede ser un mayorazgo montañés que no ha salido nunca de su aldea natal más allá de un radio de tres leguas, cabalgando en el clásico cuartago, al consabido trote cochinero, como dicen por acá, ó al paso de la madre, expresándonos según los cultos castellanos … de Becerril de Campos.

El mayorazgo de don Silvestre se componía de la casa solariega con portalada y escudo de una hacienda, cerrada sobre sí, de setenta y cinco carros de tierra, mitad labrantío, mitad prado con algunos frutales, al saliente de la casa; de diez cabezas de ganado al pesebre, y de algunos prados y heredades, sitos en diferentes llosas del lugar, y cuarenta ó cincuenta reses de varias clases, en aparcería; todo lo cual venía á proporcionarle una renta anual de dos mil quinientos á tres mil reales, si no abundaban mucho las celliscas, ó no se desarrollaban en la cabaña la papera ó el coscojo; pues en los años de estas calamidades, lejos de percibir un real de sus colonos, tenía que adelantarles, para siembras y labores, sus pocas economías, si había de recaudar en lo sucesivo algunos maravedís. Todo esto tenía don Silvestre; y digo mal: tenía también un pleito que le consumía la mitad de sus rentas, hubiera ó no celliscas, paperas ó coscojo; pues el abogado trabajaba á subio, y en sus minutas no cabía más enfermedad que la polilla, la cual evitaba perfectamente renovándolas con frecuencia y poniéndolas bajo el amparo de los haberes de su defendido.

Y no se vaya á creer que este agujero del bolsón patrimonial apenaba al solariego; nada de eso. Seturas pleiteaba con la desdeñosa tenacidad de todo buen montañés, para quien nada supone el bollo cuando se trata del coscorrón; lo propio hizo su padre, muerto gloriosamente de un sofocón á la puerta de la Audiencia, por llegar á tiempo á presenciar la quincuagésima-octava vista del proceso. Y aquí debo advertir que este pleito era de abolengo é inherente al patrimonio de los Seturas, quienes le defendían como punto de honra solariega, habiéndose jurado de generación en generación, las siete que contaba de fecha, gastar hasta la última teja en la rehabilitación de un derecho que estaba tan claro como la ley de Dios.

Y los Seturas tenían razón. Figúrense ustedes que el fundador del vínculo, el primer Seturas, como premio de un anticipo que le hizo el concejo para levantar una pared medianera que le derribó una invernada, consintió en que le echasen una rodada por un prado de quince carros, lindante, de Norte á Sur, con una cambera demasiado estrecha y que, por lo mismo, era inútil para el servicio público, toda vez que no consentía ningún vecino de los lindantes con ella que se atropellasen sus propiedades bajo el fútil pretexto de la comodidad del prójimo. Mientras vivió el fundador, no se opuso nunca á que algunos de sus convecinos pisasen con una rueda de las dos de sus carros la linde del prado de la cuestión. El primer Seturas era lógico, aunque lo ignorase: mientras no pagara el anticipo del concejo, el contrato con él celebrado estaba vigente en todos sus términos, y el dicho fundador no pagó en su vida. Pero murió éste de viejo, por más señas; y un sucesor que logró un par de años en que hubo plaga de patatas y de alubias, consiguió pagar el anticipo hecho á su ascendiente, sin desmembrar el mayorazgo, reclamando al mismo tiempo la extinción del compromiso de la rodada. Entonces el vecindario, que se evitaba un gran rodeo para servir la llosa yéndose por la linde del prado de los Seturas, reunido en sesión y asesorándose de un procurador, contestó al mayorazgo que estaba bien lo del dinero; mas que en cuanto á lo de la rodada:

«Visto que en la obligación del primer Seturas no aparecía término alguno para su compromiso;