Leyó un día en la Gaceta, y al pie de un documento de alta procedencia, un nombre que le sonó á muy conocido. Paróse un poco á reflexionar, y dándose un puñetazo en la frente, exclamó para sí:—«Así se llamaba uno que estudió conmigo latín; aquel madrileñito que estaba de temporada en la villa, adonde había ido su padre á tomar aires…. Pero no es posible…. Aquel chiquillo tan enclenque y enfermizo que me sacaba los significados, no puede haber subido tan alto…. No, señor…. Y ahora que me acuerdo, no me envió los tirantes de goma que me ofreció para cuando llegara á Madrid, por haber cargado yo con la culpa de esconder las disciplinas del dómine, ni me pagó nunca dos reales y medio que le presté…. ¡Si fuera él!…»
Y empezando por dudarlo mucho, acabó por enjaretar este documento, precioso por su espontaneidad:
«Señor don Fulano de Tal. (Aquí todos los títulos que leyó en la
Gaceta.)
»Madrid.
»Muy señor mío: Aunque no tengo el honor de conocerle, me tomo la libertad de dirigirle la presente para que, á vuelta de correo, me diga si eres tú ó no es usted el mismo Fulano de Tal que estudió conmigo latín en la villa, y que, por más señas, me quedó debiendo dos reales y medio y unos tirantes de goma. No es que yo te los pida, caso de que seas el de marras: te los recuerdo para que caigas mejor en lo que te quiero decir.
»Si no fuese usted el que yo deseo, dispense la curiosidad y mande con franqueza á su seguro servidor
»Silvestre Seturas.
»P.D.—El pleito, sin novedad.»
Á los quince días de echada esta carta en la estafeta del lugar, recibió el solariego esta otra en rico papel con cantos dorados:
«Mi querido Silvestre: Ego sum, amigo mío, yo soy el que buscas, el que estudió contigo en la villa, el que te debe dos reales y medio y unos tirantes de goma. No puedo explicarte todo el placer que he sentido al hallar, en medio de mi enojosa correspondencia oficial, tu inestimable carta, que me ha despertado uno de los recuerdos más gratos de mi vida, ni podrás sospechar siquiera todo lo oportunamente que la he recibido.