De aquí resultó un chocante contraste: lo fino de los pantalones con lo grosero de los zapatos viejos del mayorazgo, que nunca vieron más lustre que el que les daba una corteza de tocino frotada sobre ellos cada ocho días. Y si á dicho contraste se añade el que formaba todo el don Silvestre con su equipaje, al que desaliñaba más y más metiendo los dedos de sus manos entre el pescuezo y la corbata que le molestaba, hasta dejar ésta debajo del cuello de la camisa, dígame el lector qué le pasaría al pobre hombre cuando en semejante arreo se echó á la calle, sin escuchar los consejos del amigote ni las protestas del elegante guía que, sin el miedo de perder su destino, se hubiera negado á acompañarle.
Sucedióle, claro está, que no bien se hubo mostrado al público cuando éste la tomó con él. Primero le miraron, después se sonrieron, hasta concluir por interpelarle irónicamente, y por reirse á sus barbas. Pero este nuevo insulto colmó la medida del sufrimiento de don Silvestre. —«¡Canario!—exclamó al hallarse en medio de un grupo de calaveras;—conque ayer, porque iba al uso de mi tierra, os reíais de mí; y hoy que, por complaceros, me visto como vosotros, me toreáis también, sin duda porque no sé llevar esta librea. Pues tanto, tanto, no lo sufrió jamás un Seturas.»
Y, sin otras explicaciones, largó una bofetada al más cercano, á quien metió de cabeza en el escaparate de una pastelería. Hubiera acometido á los restantes; pero al volverse hacia ellos ya habían desaparecido. Si todos los calaverillas madrileños hubieran presenciado esta escena, es más que probable que el mayorazgo no hubiera tenido que sentir más en igual género; pero como no todos los susodichos traviesos estaban allí cuando la primera bofetada, tuvo que pegar la segunda un poco más abajo, y la tercera más adelante, hasta que juzgó prudente ir á vestirse con su traje provincial, renegando de la independencia madrileña y de la educación y tolerancia de las «personas decentes».
Con este desencanto sobre su alma, y envuelto en el burdo ropaje de sus mayores, con el que, si no iba elegante, andaba sumamente cómodo, echóse á ver lo que le faltaba; empresa que consumiremos, en la imposibilidad de seguir al mayorazgo paso á paso y en cada una de sus impresiones.
Siendo la política su caballo de batalla, después de ver en los cafés que todos los periódicos que leía decían de sí propios lo mismo que el del cirujano de su lugar escribía de sí mismo y de su partido, es decir, que eran unos santos, al paso que renegaban de todos los demás, fuese al Congreso, donde esperaba oir aquellos discursos que, impresos, le admiraban, y aquellos hombres que, pronunciándolos, le parecían semidioses ó criaturas de distinta naturaleza, forma y color que el resto de la humanidad. Mas, ¡oh desengaño!, en el palacio de las leyes halló de todo menos discursos. Presenció en el seno de la Asamblea nacional disputas acaloradas, y encontró en los diputados unos hombres de talla común, que tenían el mismo prurito que los periódicos: la inmodestia de decir cada uno de sí propio, córam pópulo, lo que todos los demás les negaban: que eran lo mejorcito de la casa, y de lo poco que en virtudes cívicas, y hasta domésticas, se encontraba por el mundo. De aquí resultaba mucho de:—«¿Qué has de ser tú?—Más que tú.—Tú lo serás de lengua.—Esa es la que á ti te sobra.—Pues á mí nunca me han perseguido por revoltoso.—Justo, porque en ti es de familia ser un mátalas-callando.—¡Al orden!—No me da la gana»,—etc., etc. Preguntó, con este motivo, si había dos Congresos de diputados en Madrid, y que en dónde se pronunciaban aquellos discursos tan arregladitos y tan elocuentes que él acostumbraba á leer; y cuando supo algo de lo que pasaba en la redacción del Diario de Sesiones:—«¡Cáscaras!—dijo,—pues con un buen redactor, también habría oradores en el concejo de mi pueblo.»
VI
Curado con estos desengaños de la pasión política, dióse á lo de puro recreo; y quiso contemplar de cerca lo que tanto admiró desde lejos: la casa de fieras.—Que me aspen—dijo cuando la examinó jaula por jaula,—si el corral de mi casa no tiene que ver más que esto: para cuatro pavos, dos mastines y un mico, no necesitaba el Ayuntamiento un presupuesto y un personal como los de esta casa, cuyo título es una burla completa de lo que sus verjas debieran encerrar.
Ya que en el Retiro estaba, quiso, lleno de entusiasmo, recordando las campiñas y bosques de su tierra, tenderse un rato bajo aquella frondosidad tan decantada; mas, fuese culpa de la intensidad del sol, ó de la ruindad de los árboles, es lo cierto que en una extensión de media legua de bosque no halló tres dedos de sombra, ni dos docenas de yerbas donde tender su cansada humanidad. Esto le hizo recordar que el famoso Prado era un arenal completo en el que había de todo menos verdura y poesía; que el mismo desierto de Sahara no estaba más reñido que él con la vegetación, ni presentaba un aspecto más triste y desconsolador á las tres de una tarde de verano. Iba á preguntarse, por cuarta ó quinta vez, si el título de prado sería irónico, chocándole que cupiese en cabeza humana (ignoraba don Silvestre la historia del célebre paseo) la idea de llamar una cosa con el nombre que menos le conviene; pero recordó lo que acababa de ver con el de casa de fieras, y días atrás con los de puertas de Segovia y de Atocha, y se convenció de que Madrid era una pura ilusión.
Por fortuna, don Silvestre era muy poco artista y mucho menos literato, y con ello se ahorró otros muchos desengaños.
Pero, en cambio, era curioso y antojadizo, y nunca satisfizo un capricho de los muchos que le provocaban el aspecto y baratura de las mil trivialidades que veía en los escaparates de las tiendas, sin que al tomar el cambio de una moneda no recibiera un par de ellas falsas, monedas que, al entregarlas más tarde en otros establecimientos, le costaban serios disgustos.