Luz y sus dos amigas paseaban juntas muy a menudo, juntas se bañaban y juntas asistían a bailes, jiras y conciertos. Las del magistrado habían visto y aprendido más cosas de la vida que ella, y la entretenían mucho con sus relatos de sucesos (limpios, se entiende) recogidos siguiendo a su padre de la Ceca a la Meca, por azares de su destino. Luz, en cambio, nada por el estilo podía contarlas; porque hasta de su mundo, al cual era recién llegada, sabía mucho menos que ellas, aunque sólo le conocían de oídas.

Y hablando, hablando, llegaron las confianzas al último límite, y resultó que la mayor de las dos hermanas estaba ya para casarse, y muy enamorada. Él era un joven muy guapo, recién graduado de doctor en Medicina; rubio, con toda la barba, pero muy recortada, lo mismo que el pelo; muy alegre por carácter, y muy cariñoso: a ella la quería atrozmente. A la hora menos pensada se presentaría por allí: se lo tenía prometido. En la última carta, que era de Madrid, la anunciaba una gran sorpresa. Debía de ser su llegada. Ya tenían puesta la casita, muy mona, en la mejor de las calles de la ciudad. Él era buen músico y algo pintor, y ella tocaba regularmente el piano. Habían comprado uno nuevo, vertical: como mueble, muy elegante.

Luz oía todas estas cosas con gran atención, y no negaba que el novio de su amiga fuera muy guapo, con su barba rubia y su pelo recortado; pero a ella le gustaban más los hombres de pelo negro y abundante y con bigote solo, y no largo ni muy espeso. Bien estaría la casita de los novios; pero no tanto cómo el chalet que ella tenía en lo alto de «su mundo»; y en cuanto al piano, por superior que fuera, ¿a que no sonaba tan bien como el suyo, cuando se ponía a tocarle después de dar un paseo por las tortuosas veredas de su paraíso, con «el arcángel» que se le custodiaba?

Por supuesto que Luz no decía nada de esto a sus amigas, ¡quién se lo mandara!, pero lo iba pensando y hasta lo creía. ¿Y qué mal había en ello?

Aquella noche había baile en el gran salón que uno de los hoteles tenía destinado a esa clase de fiestas. Las tres amigas, seguidas a corta distancia de las dos madres, se dirigían a él, algo más peripuestas de lo que habían pensado por la mañana, porque a última hora se supo que acababa de llegar un gran contingente de bañistas de buen humor, que no faltarían al baile. No era bastante motivo este para emperejilarse más las mujeres que asistían a otros tales muy bien vestidas; pero la idea nació de la novia del doctor de barba rubia; y hay motivos para creer que tomó por pretexto la asistencia de gente desconocida al salón, para presentarse en él bien engalanada, sospechando que su novio le había de dar allí la anunciada sorpresa. Por lo mismo que ya no bailaba más que con él, quería, si sus sospechas se realizaban, hacerle en aquella ocasión los honores en toda regla.

Y fue verdad que hubo gente nueva en el baile, y bastante, y de muy buen porte; y también se confirmaron las sospechas de la hija mayor del magistrado cesante: allí se le apareció de golpe su novio, tal como ella le había descrito, con la barba y el pelo rubios y recortados, alegre y cariñoso, a juzgar por las muestras del momento. Comenzaron en seguida las presentaciones y los mutuos cumplimientos; tocose luego a bailar, y con este motivo la novia se colgó del brazo que el novio la ofrecía y, se largaron juntitos por el salón adelante.

Luz (que se excusaba de bailar siempre que podía) estaba sentada entonces, y desde su asiento seguía con la mirada a los novios, asociando, sin poderlo remediar, a algunos pormenores de aquel suceso otros detalles semejantes de sus imaginaciones paradisiacas. En aquel encuentro y en aquel paseo, ¿no había un extraordinario parecido con los encuentros que ella tenía y con los paseos que se daba bien a menudo en las arboledas de su retiro? Cierto que los fondos eran muy distintos entre sí; pero las figuras... También en las figuras, en las de ellos, encontraba grandes diferencias. Este era rubio y poco esbelto, al paso que el otro...

Y al llegar aquí la candorosa Luz con sus comparaciones mentales, se quedó abismada en el mayor de los asombros... junto a la puerta de entrada al salón, en el mismo sitio donde ella tenía puesta la mirada, casi rozándose con el novio de su amiga, que pasaba por allí en aquel momento, acababa de aparecer... el otro, el mancebo de sus imaginaciones; la figura de su cuadro, con su gallardía de continente; con su pelo negro, suelto y abundante; sus rasgados ojos tan negros como el pelo y el sedoso bigote; su boca risueña y su mirar dulce y profundo. ¿De dónde venía? ¿A qué iba allí?... No cabía duda: venía de su paraíso... y en busca de ella. ¿De qué otra parte podía venir, ni qué otra cosa, sino a ella, podía buscar en el salón con aquel modo de mirar tan suyo?... Ya la había encontrado. ¡La misma sonrisa de allá; la misma expresión de ansias bien satisfechas, en los ojos; el mismo andar que cuando iba hacia la roca blanquecina medio envuelta entre carrascas, hiedras y escaramujos! Si Luz hubiera estado entonces sola en su azotea, habría bajado de ella en seguida para salirle al encuentro; pero no estaba sola, ni en la azotea, y esperó a que llegara él.

Y llegó, y la invitó a bailar; y Luz, sin dudar un solo instante, se levantó de su asiento, enlazó su brazo con el brazo que le ofrecía el mancebo, y se fue con él por el salón adelante... ¡Lo mismo que cuando se iban por los tortuosos y blandos senderos de su mundo!

No bailaron..., ¡qué habían de bailar?