—¿Sola?—la interrogó entonces el confidente, con fogosa vehemencia.
Y a esta pregunta no pudo responder Luz de pronto, porque le dejó sin ánimos para ello una sensación que hubiera creído de miedo, a no parecerle tan agradable.
—Sola..., sola no—llegó a decir, bajando los hermosos ojos y con las mejillas muy sonrosadas—: con él.
Y de aquí no pasó ya la pobre chica. Verdad es que el otro no porfió mucho para que pasara, respetando aquellas pudorosas resistencias que lo impedían.
Ni ¿para qué pasar? ¿No era preferible la elocuente actitud de la interrogada, a la más terminante de las frases?
Luz, siguiendo la conversación y no hallando en su memoria un motivo real y verdadero de donde derivar el enlace lógico de tantas y tan singulares coincidencias, convino con su amigo, al volver éste sobre lo ya tratado, en que cuando Dios infundía ciertos sentimientos en un corazón, bien podía infundirlos iguales en otro, si entraba en sus designios que ambos corazones se encontraran, por apartados que estuvieran, para formar uno solo...
No podía darse mayor conformidad de pensamientos entre Luz y su amigo, ni realidad más parecida a la hermosa ilusión forjada en dos cerebros juveniles. ¿A qué pedir más por entonces?
Lo peor era que las gentes se regían allí, en el salón del baile, por leyes muy distintas de las del mundo ideal de los dos enamorados; y era ya preciso que ella volviera a sentarse y que se separaran, después.
Y se separaron, tan pronto como Luz se sentó donde antes había estado sentada, entre su madre y su amiga sin novio. La que le tenía continuaba paseando todavía con él.
Con serle tan conocido a Luz cuanto la rodeaba, todo le parecía nuevo, por más hermoso: hasta el piano le sonaba mejor. ¡Lo mismo que le sucedía en la casita de la azotea después de pasear con él por las veredas blandas y retorcidas de su edén!